Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Portada del relato La promesa de la lila salvaje
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Fragmento:


La llegada de Asherton era aguardada con una mezcla de temor y fervor. En los bailes y las cenas, las lenguas afiladas de las damas más jóvenes luego de misa solían relatar que su voz podía quebrar la voluntad más férrea y que había dejado un rastro de ruinas sentimentales desde Edimburgo hasta Oporto. Nadine apartó un jazmín del camino y pensó que, tal vez, todo cambió en la guerra y que el hombre que volvería no sería más que una sombra vestida de luto.

Duración: 05:39

La promesa de la lila salvaje
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El 24 de julio de 1846, las colinas de St. Hesperia estaban invadidas por una luz dorada que parecía derretirse sobre los pastizales aún frescos de rocío. Nadine Carrow atravesaba el sendero de guijarros enfundada en un vestido de muselina color perla, los bajos tiznados de barro blando. Tenía veintiséis años y la mirada de quien ha aprendido a escuchar detrás de las palabras ajenas. Su padre, el general Benedict Carrow, la aguardaba en el invernadero con su habitual taza de té negro, resuelto a disipar la noticia que esa misma mañana había estremecido a toda Norfolk: Lord Asherton, último descendiente de la dinastía Graham, regresaría de Crimea tras siete años de ausencia.

La llegada de Asherton era aguardada con una mezcla de temor y fervor. En los bailes y las cenas, las lenguas afiladas de las damas más jóvenes luego de misa solían relatar que su voz podía quebrar la voluntad más férrea y que había dejado un rastro de ruinas sentimentales desde Edimburgo hasta Oporto. Nadine apartó un jazmín del camino y pensó que, tal vez, todo cambió en la guerra y que el hombre que volvería no sería más que una sombra vestida de luto.

El invernadero, refugio y trinchera, la recibió con un aire húmedo y una colección de aromas a tierra mojada. Su padre, de bigote ceniciento y espalda ancha, evitó mirarla mientras revolvía los sobres azules de cartas acumuladas.

—Se espera mucho de ti esta noche, hija —masculló sin preámbulo—. No sólo los Graham necesitan una nueva alianza. Las arcas de esta familia no sufren menos que el honor de los Asherton.

Nadine respondió despacio, acariciando con los dedos una maceta de violetas:

—¿Quién me pide que le venda el porvenir? ¿Usted, padre, o la historia de dos apellidos gastados por la fama?

Un trueno lejano quebró el silencio; la tormenta asomaba, gris y pesada sobre el horizonte. Aquella noche, en la gran gala en honor al regreso de Lord Asherton, los candelabros titilaron sobre la nobleza de Norfolk, aguardando a ver si los viejos fantasmas habrían de despertar o dormirían una noche más.

El salón Graham estaba lleno de perfume, abanicos de encaje y la música de un piano en tono menor. Nadine entró con su mejor sonrisa ensayada, sabedora de que era objeto de todas las miradas y murmuraciones. Entonces lo vio: el hombre de la guerra, el que portaba en los ojos la misma oscuridad del Bósforo y en las manos una memoria amarga que desmentía cualquier gesto de cortesía. Lord Asherton no era, en efecto, bello en el sentido clásico. Tenía una cicatriz subiendo desde la línea de la mandíbula hasta la sien izquierda, y un andar severo, pausado.

Se cruzaron junto a una columna. Nadine sintió que el aire se espesaba. Él dejó solo una frase:

—¿Cree usted que se puede regresar a un lugar donde todos han cambiado menos el tiempo?

La pregunta le taladró el alma. Lo observó, vimos lo mucho que había vivido lejos de Inglaterra. Nadine respondió, apenas un susurro:

—El tiempo es el más cruel de los anfitriones: nunca ofrece lo mismo a quienes regresan.

La música siguió, pero ellos quedaron suspendidos fuera de la fiesta, en un rincón de sombra y promesas. Lord Asherton no propuso bailar. En su lugar, ofreció una confesión inesperada sobre la soledad y el precio de sobrevivir a una guerra que nadie había ganado realmente.

Empezó el juego de miradas y palabras robadas entre la multitud. Las noches siguientes trajeron paseos bajo el sauce, cartas perfumadas con fragancia de lila y discusiones filosóficas sobre el honor y el pecado, el deber y el placer. Nadine descubría en él una sed de vida imposible de saciar y, en sí misma, el deseo prohibido de salvarlo del naufragio. Los prohibidos juegos de cartas en el fumoir, miradas furtivas junto a la orangerie, y palabras susurradas al filo de la medianoche se convirtieron en su refugio y condena.

Cuando todo Norfolk murmuraba ya sobre el posible compromiso, una carta sin remitente llegó a la mano de Nadine. Era un recordatorio de que Asherton no volvió solo de la guerra; una aventura con una enfermera francesa, un hijo ilegítimo oculto en Lille, una deuda de sangre que nunca podría pagarse en suelo inglés. Nadine, envuelta en la dualidad cruel del deber familiar y su propio anhelo, acudió al jardín de lilas una mañana lluviosa, decidida a confrontarlo.

Su encuentro fue tormentoso. Bajo el olor a lavanda fresca, dieron rienda suelta a las ternuras prohibidas y las confesiones hirientes. Nadine, con el vestido empapado ceñido a la piel, hizo un último gesto de temeridad:

—¿Si le pido que olvide el pasado y me arrastre con usted al destierro, Lord Asherton, cuál sería su respuesta?

La respuesta fue un beso furioso, desesperado, tan lleno de promesas rotas como de nuevas posibilidades. Entonces ella supo, cuerpo y alma, que aquellas noches en St. Hesperia serían recordadas no por la gloria de dos apellidos sino por la rendición ante el deseo más prohibido y el dolor sublime de la ausencia.

Los días siguientes fueron una breve eternidad. La amenaza del escándalo y el peso de la verdad danzaron entre los dos. Nadine optó por el riesgo: huyó antes del amanecer, dejando atrás la seguridad de su linaje, y eligió el sendero incierto de la pasión y del exilio junto al hombre herido.

Años después, entre las viñas del sur de Francia, los susurros de Norfolk aún llegaban con las cartas retrasadas y noticias de bodas y funerales. Pero entre los campos perfumados de lila salvaje, Nadine encontró la paz que la historia le negó, mientras Lord Asherton, en brazos de su salvadora, hallaba redención no en el olvido, sino en el coraje de haber amado sin reservas, más allá de la época y las ruinas de la guerra.

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