Fragmento:
De pronto, un resplandor leve surgió entre la vegetación. Era una casa de aspecto olvidado, con paredes cubiertas de líquenes y ventanas veladas por cortinas que titilaban suavemente en el viento. Nadie vivía allí, pero los latidos del lugar llamaban. Se acercó y, al cruzar el umbral, el frío le rodeó como la mano acogedora de un abuelo que espera desde siempre. El aire dentro estaba cargado de polvo y ecos. Un susurro le llamó por el nombre que ya no recordaba, y en ese instante, él supo que en aquel hogar habitaba algo más antiguo que el tiempo: el misterio de sí mismo.
Duración: 04:36
En alguna madrugada silente, cuando el tiempo parece vacilar entre dimensiones y la realidad se vuelve permeable como un paño empapado, hubo un hombre caminando por senderos que la memoria no se atreve a recordar con facilidad. Su nombre se había ido desvaneciendo de la lengua de quienes lo amaron y, a menudo, sentía que también su forma se deshacía en las nieblas de lo posible. Su andar era lento, pues cada paso pesaba con la densidad de dudas antiguas, talladas como runas invisibles en sus talones.
La noche, espesa y dulce, le envolvía en aromas de musgo y tierra mojada, y a cada lado del sendero los árboles danzaban con el viento, extendiendo ramas como manos largas que invitaban y advertían a un tiempo. A pesar del misterio, el hombre sentía una inquietud antigua, una ansiedad que parecía emanar del suelo mismo, como si el mundo respirara con él, expectante.
De pronto, un resplandor leve surgió entre la vegetación. Era una casa de aspecto olvidado, con paredes cubiertas de líquenes y ventanas veladas por cortinas que titilaban suavemente en el viento. Nadie vivía allí, pero los latidos del lugar llamaban. Se acercó y, al cruzar el umbral, el frío le rodeó como la mano acogedora de un abuelo que espera desde siempre. El aire dentro estaba cargado de polvo y ecos. Un susurro le llamó por el nombre que ya no recordaba, y en ese instante, él supo que en aquel hogar habitaba algo más antiguo que el tiempo: el misterio de sí mismo.
Avanzó por los pasillos, tocando paredes que temblaban bajo la yema de sus dedos. Un cuadro colgado de un hilo invisible mostraba una escena irreconocible: un rostro, quizás el suyo, o el de todos los que habían pasado por allí. Más adelante, una pequeña urna reposaba sobre una mesa de madera carcomida. Dió la impresión inmediata de ser irrelevante pero, al acercarse, sintió como si su sangre se agitara en respuesta a una melodía interna, olvidada y ancestral.
El hombre tembló. Sabía, entre nieblas, que la urna contenía fragmentos de sueños que no se habían atrevido a ser vividos. Era custodia de recuerdos rechazados y promesas no pronunciadas. Sin pensarlo, levantó la tapa, liberando una corriente de aire cargada del olor rancio de la esperanza dormida. Un fulgor azulado emergió y, a su alrededor, la casa desapareció. Solo quedó un espacio informe, donde los pensamientos tomaban forma y los deseos se hacían visiblemente nítidos.
En esa sala sin paredes ni techo, comenzaron a desfilar instantes de infinitos crepúsculos vividos y por vivir. La piel del hombre ardía con la memoria de pasiones consumadas, de tristezas mansas, de risas imposibles bajo cielos que jamás existieron. La vida—comprendió en ese instante—no se medía por los años o las certidumbres, sino por la valentía de internarse en la penumbra de lo desconocido, de aceptar la naturaleza inabarcable del misterio.
Entonces, en medio de las imágenes, apareció una figura. No tenía rostro, ni tampoco carne. Era una presencia, una suma de todos los anhelos y temores que el hombre había rehuido. Era su guardián, y, a la vez, su reflejo más puro. Le habló sin palabras, con vibraciones que erizaban la médula de los huesos: “Atrévete a recordar lo que has venido a olvidar. Atrévete a amar sin demanda y a sumergirte en la conciencia total y despierta de tu ser”.
El hombre no respondió. No podía. Las palabras eran innecesarias en ese plano donde el lenguaje se desvanece y solo lo esencial sobrevive. Comprendió que su angustia no era tan solo suya, sino la sombra compartida de toda la humanidad, esa añoranza por retornar al origen y, a la vez, avanzar hacia lo inexplorado.
El tiempo cesó. O quizás nunca había transcurrido en ese espacio. El hombre se sintió flotar sobre una corriente de luz que lo envolvía y absorbía sus contornos. Se reconoció, no como individuo aislado, sino como chispa entre millones, enlazado irrevocablemente al río incesante del Ser.
En la última cresta del silencio, vislumbró una puerta traslúcida, hecha de recuerdos y promesas. Sabía que cruzarla sería renunciar a antiguas certidumbres, desprenderse de miedos y cadenas autoimpuestas. Y aún así, avanzó, impulsado no por la razón, sino por el anhelo profundo de fusionarse con lo infinito y experimentar, finalmente, la verdad más antigua: que no hay separación entre quien busca y lo buscado, que en cada sombra late la vibración eterna de la luz, y que tras cada mortal atisbo de oscuridad, el amor, como un sutil susurro, aguarda su clímax bajo nuestra más íntima conciencia.
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