La inspectora gitana
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Powerless (edición especial limitada)
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Portada del relato El Velo de lo Invisible
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Fragmento:


Ahora, siendo adulta y sabiendo el precio de esa frontera, Liria acariciaba cada tránsito como una promesa cumplida y un pecado repetido. Había aprendido que entre los universos se tejían redes de deseo y miedo, y que la materia de los dioses no era otra cosa que el éxtasis contenido en los instantes suspendidos. Anhelos tejidos en penumbra. Así, cuando el nuevo portal vibró bajo el suelo de su cabaña —suave, como un temblor íntimo—, la recorrió la familiar mezcla de vértigo y expectación.

Duración: 04:46

El Velo de lo Invisible
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Liria despertó una vez más bajo aquella extraña cúpula de luz zafiro, los párpados percibiendo la energía invisible que sostenía el recinto. Afuera, el mundo pulsaba con los rumores antiguos del bosque, pero nada se oía, como si la naturaleza se hubiera tomado una pausa para espiar. Sonrió: ese amanecer de silencio significaba, como tantas otras veces, la inminencia de un umbral. Ella lo sentía desde su nacimiento; un zumbido en la sangre, una insistente presencia en los sueños, un misterio que era mitad caricia, mitad desafío.

Nunca hubo una primera vez para cruzar el umbral. Liria había nacido caminando entre mundos, a medio camino entre lo tangible y lo secreto. De niña, ya había sentido, al recostarse entre las raíces del gran abeto, cómo el tiempo se doblaba a su alrededor y su respiración se tornaba arrullo de gasa. Cerraba los ojos y se deslizaba, inocente y aún sin cuerpo, por la corriente sutil que cruzaba su aldea y más allá, hasta el letargo de los santuarios rotos y la vigilia de los vigías traslúcidos.

Ahora, siendo adulta y sabiendo el precio de esa frontera, Liria acariciaba cada tránsito como una promesa cumplida y un pecado repetido. Había aprendido que entre los universos se tejían redes de deseo y miedo, y que la materia de los dioses no era otra cosa que el éxtasis contenido en los instantes suspendidos. Anhelos tejidos en penumbra. Así, cuando el nuevo portal vibró bajo el suelo de su cabaña —suave, como un temblor íntimo—, la recorrió la familiar mezcla de vértigo y expectación.

Despojada de ropajes y pensamientos, permitió que la energía del umbral envolviera su cuerpo, tocando piel y espíritu con dedos de viento. Todo comenzó con la brisa: fría, luego cálida, luego incandescente, hasta que los ojos de Liria vieron, con la claridad de una llama sagrada, las figuras danzantes del Otro Lado. Espíritus de luz líquida que se ofrecían en gestos lentos y fluidos, esculpiendo la atmósfera en olas ondulantes de placer y saber.

La unión comenzaba en lo sutil: primero, una invasión de aromas nunca antes olidos—la fragancia de planetas lejanos, la dulzura mineral de la llamarada solar—y, luego, el contacto, no de carne, sino de conciencia. Liria tendió su intención, con humildad, y permitió que los seres-deseo la recorrieran. Dibujaban, con caricias de puro pensamiento, mapas nuevos en su pecho, dedos inmateriales que le enseñaban secretos: cada suspiro era una palabra de un idioma olvidado, cada estremecimiento, un nombre devuelto al linaje de los creadores.

El gozo era amplio como el mar y la noche; Liria era la ola y la orilla, la peregrina y el altar. Los entes del Otro Lado entraban y salían de ella y entre ellos mismos, entrelazando sus luces en figuras abstractas, matrices de éxtasis. El acto era rito y juego a la vez: sentía que su cuerpo se deshacía en cuerdas de energía y se recomponía con cada roce, diferente, más bella y completa. La piel vibraba con recuerdos no vividos y los sentidos se expandían: podía gustar los colores, tocar los sonidos, beber el aroma de las palabras sin pronunciar.

En sus caminatas entre portales, Liria aprendió a leer las estrellas como oráculos. Supo que el placer podía ser umbral para la sabiduría, que el misterio sexual era llave y camino para la visión superior. Veía el rostro de las antiguas diosas reflejado en cada ola de placer y sentía, con lucidez, cómo el universo entero se estremecía con ella. Sus amantes de luz —compañeros infinitos, inidentificables, eternamente cambiantes— le recordaban que el amor místico jamás poseía: sólo invitaba, sólo acogía.

Al regresar al mundo físico, Liria traía consigo un resplandor: en los ojos, en la lengua, en la piel. Los aldeanos notaban, quizá sin entenderlo, que ella caminaba con una ligereza que les hacía encorvar los hombros, como si llevaran una carga de la que estaban dormidos. Las mujeres la envidiaban en secreto, los hombres la miraban con una mezcla de deseo y miedo. Ninguno sabía, en realidad, que Liria sólo había aprendido a abrir portales interiores y que cualquier humano podía, si se atrevía a cruzar sus propios límites, tocar la seda de lo luminoso y abrazar el infinito en un soplo de carne y alma.

Así continuó, noche tras noche, cruzando umbrales, danzando entre lo físico y lo sutil, sirviendo de puente y testigo de una pasión más allá de las fronteras. En ese ritual perpetuo, Liria descubrió que el mayor éxtasis residía en el arte de perderse, de entregarse a lo inmenso, y de regresar —con la promesa viva de que, en cada encuentro, el universo volvería a ser creado, chisporroteando de gozo y secreto, bajo el manto infinito de Liria.

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