Fragmento:
En su corazón, Devadas nunca dejó de interrogar al misterio: ¿Quién soy yo, realmente? ¿Dónde termina mi propia frontera y dónde comienza la vastedad del cosmos? Esa tarde, la voz de su Maestro resonó en su interior: “Cuando el misterio de la existencia hierve en tu pecho como agua viva, entonces el Umbral te llama.” Guiado por esa voz, avanzó hasta encontrar un arco natural formado por los troncos entrelazados de dos árboles inmensos. Sintió vértigo, un dulce pánico que sólo precede los verdadero umbrales. Cerró los ojos, respiró profundo y cruzó.
Duración: 04:46
Bajo la pálida luz de la luna, en un bosque olvidado por el mundo, se hallaba una senda poco transitada que sólo aquellos de corazón anhelante podían percibir. Era invisible a los ojos profanos, pero los buscadores silenciosos, cuyas almas ardían por respuestas más allá de los límites conocidos, sentían el llamado de esa antigua vereda. Entre las raíces enredadas y las hojas susurrantes, caminaba Devadas, un hombre de semblante sereno, mirada profunda y paso seguro pero humilde. Su vida entera había sido un peregrinaje interior, mas ahora sentía que se acercaba a un portal, a una frontera entre los mundos de la sombra y de la luz.
En su corazón, Devadas nunca dejó de interrogar al misterio: ¿Quién soy yo, realmente? ¿Dónde termina mi propia frontera y dónde comienza la vastedad del cosmos? Esa tarde, la voz de su Maestro resonó en su interior: “Cuando el misterio de la existencia hierve en tu pecho como agua viva, entonces el Umbral te llama.” Guiado por esa voz, avanzó hasta encontrar un arco natural formado por los troncos entrelazados de dos árboles inmensos. Sintió vértigo, un dulce pánico que sólo precede los verdadero umbrales. Cerró los ojos, respiró profundo y cruzó.
Al otro lado, la atmósfera vibraba. Cada hoja era un espejo pulido, cada gota de rocío un crisol de colores imposibles. Un lago de aguas doradas reflejaba no su figura, sino una infinidad de rostros: algunos desconocidos, otros sus propios semblantes en edades pasadas y futuras. Pronto comprendió la primera lección de ese santuario: “Tu ser es tan vasto como lo que puedes contemplar y aceptar.” Una voz, como el rugido y el susurro del viento a la vez, se manifestó a su lado. No tenía forma visible, pero su presencia llenaba el aire: “Devadas, aquí no hay afuera ni adentro, sólo espejos de tu propia mente. Mira bien y mira profundo, pues al final tu verás aquello en lo que se transforma tu discernimiento.”
De improviso, una de las aguas del lago se agitó. Devadas vio surgir de aquel lugar figuras que representaban sus miedos: sombras de abandono, ansiedad de soledad, el rostro doliente de quienes había amado y perdido. Sintió deseos de huir, pero recordó las palabras del Maestro: “Ninguna oscuridad es vencida con la huida; sólo la mirada amorosa puede transmutarla en luz.” Juntó las palmas, respiró el aire cargado de efluvios y le habló a la oscuridad: “Bienvenida seas, pues también a ti te abrazo.” Las figuras se desvanecieron en destellos azules y verdes, dejando tras de sí la fragancia de una profunda ternura.
Se sentó en un claro bañado por la suave caricia lunar. Las raíces del suelo comenzaron a vibrar bajo él, y sintió cómo su cuerpo caía en infinitos niveles hacia el centro de su propio ser. En su pecho comenzó a arder una corriente de energía, como un aliento caliente que le recorría toda la columna vertebral. Por primera vez sintió que su cuerpo era sólo la cáscara, y que un río de vida, invisible pero presente, lo sostenía y lo envolvía.
En ese momento, el guardián invisible volvió a hablar: “Mucho has visto, pero aún deseas. ¿Qué buscas, Devadas?” El hombre se arrodilló frente al Lago, y con voz temblorosa respondió: “Quiero la Verdad, no deseo más disfraces; tampoco consuelo ilusorio, sino el néctar inmortal de saber quién soy, más allá de las formas y los ecos de mis pensamientos.”
Entonces el bosque entero se iluminó, y una multitud de figuras radiantes emergió entre los árboles, cantando una melodía sin palabras pero repleta de significado. Sus voces entretejían la historia misma del universo: nacimiento, cambio, desintegración y renacimiento. Devadas sintió cómo cada nota era una hebra de su propio ser extendido a través de los milenios y los mundos. Comprendió que todas las historias, todos los anhelos, todas las lágrimas y las risas son llamadas y respuestas del Único a Sí Mismo, jugando a olvidarse y a encontrarse.
Al amanecer, cuando la luz dorada rompió la niebla, Devadas se hallaba distinto. Al mirar sus manos, vio que eran transparentes. Ya no reconocía límites entre su piel y el entorno. El susurro del arroyo, el perfume de los pinos, el trino del petirrojo, cada cosa era parte de él, y él era parte de cada cosa. El miedo, la angustia y la duda se habían disuelto, y en su lugar quedaba una claridad radiante y sencilla, una comprensión más allá de las palabras: “Yo soy Eso.”
Fue entonces cuando comprendió, rindiéndose al instante sagrado, que no existía camino que recorrer, ni meta que alcanzar. Cada piedra del sendero, cada recodo oscuro, cada vislumbre de dolor eran en sí mismos el altar del encuentro. Abrazó el mundo con la mirada, y al hacerlo, el mundo entero lo abrazó a él.
Así, bajo el cielo infinito, Devadas aprendió la verdad suprema de todo Místico: que la Realidad última no se encuentra fuera ni dentro, sino en la unión de ambos, allí donde el amante y lo Amado son uno. En ese silencio, en esa Luz, todas las preguntas ceden, y sólo queda el gozo de ser, eterno y libre como un rayo de luna en la noche eterna.
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