Fragmento:
El motivo del aislamiento de la galería estaba en la memoria de antiguos chismorreos: allí había trabajado el último relojero de la familia, el enigmático Jacob Pritchard, cuyo retrato sostenía invariablemente el periódico de la víspera de la muerte de Lord Adderley. El reloj granadero, pieza central, había sido desajustado misteriosamente la misma noche en la que un manuscrito de valor incalculable —conocido entre entendidos como "Las Confesiones de Willoughby"— había desaparecido.
Duración: 04:29
La niebla de Londres, en las postrimerías de 1897, abrazaba los edificios con un manto níveo que absorbía el ruido de los carruajes y embotaba los pasos presurosos de los peatones. En el corazón de Bloomsbury, la mansión Adderley permanecía ajena al ajetreo exterior, sus extensas vidrieras ocultando los secretos que habitaban tras sus cortinajes de terciopelo carmesí. Era la noche previa a la celebración del cincuenta aniversario de la fundación de la Royal Society for Antiquarian Arts, y la residencia del difunto Lord Oswald Adderley bullía de preparativos. Pero nada en el aire festivo presagiaba el despertar inquietante del pasado.
Miss Hester Vale, bibliotecaria invitada, observaba cómo las criadas pulían los candelabros bajo la dirección inflexible del mayordomo, el señor Snipe. Hester, siempre interesada en la historia secreta de su país, había sido requerida para catalogar la desconocida colección de manuscritos del patriarca Adderley, recientemente hallada en un compartimento oculto tras la biblioteca. Apenas llegada, había advertido el peculiar rumor que rondaba entre los sirvientes: juraban haber escuchado pasos en la galería Este, cerrada por Lord Adderley desde hacía años tras un escándalo oculto por todos menos por el tiempo.
Esa noche, mientras los dulces efluvios del brandy flotaban en el salón principal, Hester se excusó con el pretexto del cansancio y subió silenciosa la escalinata de caoba. El pasillo superior estaba sumido en un silencio espectral, roto apenas por el tictac paciente de un reloj de pie, pieza mayor de la colección familiar. Cuando pasó frente a la galería sellada, sus dedos se posaron casi sin querer en la fría manija. No esperaba que cediera, pero la puerta se abrió con un lamento de bisagra. Dentro, la penumbra apenas era vencida por el resplandor lunar. Un frío distinto al de la noche invadía la estancia.
El motivo del aislamiento de la galería estaba en la memoria de antiguos chismorreos: allí había trabajado el último relojero de la familia, el enigmático Jacob Pritchard, cuyo retrato sostenía invariablemente el periódico de la víspera de la muerte de Lord Adderley. El reloj granadero, pieza central, había sido desajustado misteriosamente la misma noche en la que un manuscrito de valor incalculable —conocido entre entendidos como "Las Confesiones de Willoughby"— había desaparecido.
Hester exploró el recinto. Trazas de polvo señalaban que no se había limpiado en años, salvo por un sendero estrecho que iba desde el reloj hasta una pequeña mesa de lectura. Sobre la mesa, un tintero seco yacía junto a un pedazo de pergamino con letras apuradas: “El verdadero dueño no ha regresado. Ni regresará”. Una ráfaga sacudió la ventana, y a la luz espectral la sombra de Hester se confundió con otra más alta, más rígida. No estaba sola.
Girándose bruscamente, Hester se encontró de cara con el señor Snipe, que en un susurro tenso inquirió: "¿Hay alguna razón para perturbar este lugar, señorita Vale?". A Hester no se le escapó que el mayordomo sostenía una pequeña llave de hierro, la cual encajaba demasiado bien con la cerradura que acababa de abrir. Antes de que pudiera responder, Snipe añadió: "Aquí se cometió un error terrible. Por el bien de todos, regresará usted a sus habitaciones".
Pero la curiosidad de la bibliotecaria era más fuerte que el temor. Esa noche, mientras todos dormían, Hester estudió el retrato de Jacob Pritchard en la galería principal. Bajo la luz trémula de una vela, percibió que la fecha del periódico era imposible: el ejemplar no podía haber circulado en vida de Pritchard. ¿Había alguien falsificado la pintura mucho después de la supuesta muerte del relojero?
La mañana trajo consigo no solo la aprobación de los nobles asistentes al banquete, sino la noticia de que el reloj granadero había reanudado inexplicablemente su marcha, marcando una hora completamente distinta a la real: las doce y siete. Snipe, inusualmente nervioso, contuvo la mirada cuando Hester le preguntó por la discrepancia. Tras aguardar a que el desfile de invitados se dispersara, aprovechó para inspeccionar el mecanismo del reloj.
Fue entonces cuando encontró el secreto: dentro, entre los engranajes, estaba alojado el manuscrito perdido, envuelto en una funda de lino y todavía tibio, como si la máquina lo hubiera custodiado, o incubado, durante todos aquellos años. En la última página, un mensaje con la misma caligrafía apresurada: "Quedó sellado el relato para encubrir al traidor. Que quien lo descifre no repita el crimen".
Hester comprendió demasiado tarde que la verja de la galería era solo el primer velo: en verdad, toda la verdad de los Adderley y su leal mayordomo permanecía oculta entre los engranajes de la reputación y el tiempo, trampa de relojeros, coleccionistas y custodios. Cuando Snipe apareció en el umbral, la llave nuevamente a la vista, Hester supo que, en la mansión Adderley, los misterios no se resolvían: simplemente, cambiaban de guardián.
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