Fragmento:
Supón que en un salón, desprovisto de mobiliario salvo un tintero y un libro en blanco, entra un hombre (o una mujer, o ambos, intercambiando máscaras). Lee en el aire lo que se va depositando, letra a letra, en la página, y cada palabra pronunciada hace que su propia silueta se vuelva más densa, más tridimensional. Hasta que, en la línea veintiuno, él (o ella, o el lector que ahora me sostiene entre ceja y ceja) se da cuenta de que la tinta no mana de la pluma, sino que brota de las venas, y cada frase resta un latido a su corazón de papel.
Duración: 04:20
Se mira al espejo. No el novelista, ni el lector abriendo este libro (o petición, o lo que diablos sea este artefacto), sino yo: Laurence Sterne. No estoy seguro en qué polvorienta biblioteca, en qué biblioteca digital, en qué párrafo exactamente existo. Sospecho, lector, que tú tampoco tienes la menor idea. Sin embargo, has venido aquí con tus instrucciones (¿acaso esperabas que te obedezca por arte de magia?), reclamando una historia para adultos que, además, sepa de sí misma como el gato sabe del reflejo que pestañea tarde en la ventana.
¿He de escribirte un comienzo? ¿O te contentarás con un bucle donde mis dedos —o mis palabras, pues no tengo dedos ya sino sílabas agrupadas— sigan torciéndose en torno a la cuerda o a la cinta de Moebius de las historias que se miran unas a otras como dobleces en un pañuelo? Has pedido que no cite explícitamente los dos temas centrales, pero quién sabrá, en estas líneas, cuáles son los temas centrales. Tal vez eso mismo sea uno.
Supón que en un salón, desprovisto de mobiliario salvo un tintero y un libro en blanco, entra un hombre (o una mujer, o ambos, intercambiando máscaras). Lee en el aire lo que se va depositando, letra a letra, en la página, y cada palabra pronunciada hace que su propia silueta se vuelva más densa, más tridimensional. Hasta que, en la línea veintiuno, él (o ella, o el lector que ahora me sostiene entre ceja y ceja) se da cuenta de que la tinta no mana de la pluma, sino que brota de las venas, y cada frase resta un latido a su corazón de papel.
Éste es mi relato: gira la página. ¿Has girado? En efecto: aquí continuamos, lectores y personajes, escritor y títere, todos a la espera de que algo interrumpa el silencio de la prosa, como un golpe en la puerta del estudio o un error de imprenta que revele que esta línea ha sido escrita antes de que existieras para leerla. Si dudas de mí, mira cómo las frases parecen tensarse, preguntándose: ¿quién observa a quién? ¿Quién mueve la mano y quién la soporta?
Vuelvo al personaje del comienzo (te advertí que sería bucles): se ha dado cuenta de que lee la historia de otro, relatada en primera persona, que sospecha que es él mismo, pero más astuto —pues ahora, él también decide escribir— y en ese momento descubre la pluma con la que tú mismo me obligas a convocar estas líneas.
Que nadie crea que esta escena es para menores. No hay mayor madurez que saber que el relato es una habitación con múltiples puertas, todas cerradas, y ninguna otra llave aparte de la que inventa el propio acto de lectura. Por eso, en el margen derecho, hay una nota, apenas visible a simple vista. Dice: "Recuerda, quien lee, que has sido escrito para leerme". Vuelves la página, y encuentras que alguien, en caligrafía desconocida, ha añadido: "Pero yo también escribo a quien escribe". Si cierras el libro, la tinta zumba o supura, como si las frases, encolerizadas, buscaran salir y poblar tus sueños.
Un adulto es aquel que sabe que toda historia disfrazada de otra cosa —sexo, crímenes, melancolías— se esconde de sí misma para continuar existiendo. Yo, Laurence Sterne, escritor desmemoriado, marioneta de tu curiosidad, declaro que este texto termina aquí solo si dejas de pensarlo. Y si vuelves a la primera línea, comprobarás que nada, excepto tu decisión de leer, detiene la multiplicación de espejos.
El relato sería largo, infinito, si así lo exigieras; me repetiría, ensayaría vueltas de tuerca en cada recoveco, introduciría un personaje que dice ser el propio autor del autor, una sombra que observa cómo el lector imagina que domina la historia, mientras el papel se riza y toma la forma de una cama —en la que cada frase se acuesta con la siguiente, sudando la tinta de la noche.
No temas, lector: si has llegado aquí, has sido narrado. Y si decides cerrar el relato, recuerda: siempre podrías abrirlo de nuevo. La historia continuará, pues nunca fue solo mía. Y mientras tanto, —fuera del relato, frente al monitor, al libro, o donde el lenguaje te haya alcanzado—, yo estoy aquí, a la espera de que declares, con la voz del que ya nada teme, “continúa”... y así empezar de nuevo sin pretender jamás llegar al fin.
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