Fragmento:
Ella llegó con el paso leve de quien no sueña para sí, sino para los otros. Traía los ojos cansados y la risa apenas puesta, como quien sabe que nadie ríe solo ni duerme solo en las madrugadas de la espera. Se sentó a mi lado, sonriendo sin palabras, y juntos compartimos el silencio, ese idioma más verdadero que las banderas.
Duración: 04:04
El banco de la plaza estaba recién barnizado. Yo lo olía todo, hasta los deseos secos de los árboles y la nostalgia húmeda de las palomas. Me senté y miré a mi alrededor, sintiendo la tierra entre las uñas y los ojos de los otros flotando, con la misma pregunta rota colgando de cada pestaña: ¿quiénes seríamos si los sueños se pudieran decir en voz alta y juntar como lluvia mansa en un charco de domingo?
Ella llegó con el paso leve de quien no sueña para sí, sino para los otros. Traía los ojos cansados y la risa apenas puesta, como quien sabe que nadie ríe solo ni duerme solo en las madrugadas de la espera. Se sentó a mi lado, sonriendo sin palabras, y juntos compartimos el silencio, ese idioma más verdadero que las banderas.
Entonces sucedió lo raro. Los bancos suelen ser para esperar lo que nunca llega o para espantar palomas, pero ese día, nuestras cabezas se inclinaron al unísono y las miradas chocaron como dos piedras: la chispa saltó. Ella habló primero, y su voz era un hilo de agua rompiendo la sequía. “Siempre sueño que camino descalza sobre la tierra de otro país, un sitio donde mis hijos puedan reír sin miedo”, me dijo. Yo sentí el temblor, esa grieta antigua, y respondí: “Siempre sueño que puedo abrazar a mi padre una vez más, y decirle que lo extraño más que al pan caliente de la infancia”.
Era extraño, este banco barnizado, testigo de sueños rotos y encontrados. Al principio, nuestras palabras tropezaron como niños sin escuela, pero poco a poco, el horizonte se aflojó; las narices se llenaron de ese olor a madera y esperanza mezcladas. Empezamos a construir un sueño tan grande, tan ancho, que no cabía dentro de nuestras cabezas. Era un animal de muchas patas caminando hacia adelante: el suyo, el mío, el de todos los que se sentarían alguna vez en ese banco, aunque no fueran aún palabras, apenas susurros de noche.
Hablamos de futuros posibles. De países donde los relojes no marcan horas de hambre ni de huidas. Jugamos a imaginar campos enteros de niños corriendo descalzos, sin tiempo ni miedo. Ella agregó que en su sueño la tierra sabía dulce y los árboles daban monedas de risa. Yo añadí pan para todos y casas con ventanas abiertas de par en par, para que entre el viento y el canto.
Había algo indecente y hermoso en soñar juntos. Algo que hacía daño pero curaba. El banco gritaba bajo nuestro peso, como si supiera que lo que nacía entre nosotros no era solo un deseo, sino el principio de un puente invisible que crece en todas las plazas, en todos los huecos donde dos seres humanos se atreven a juntar su soledad y hacerla semilla.
Apenas nos conocíamos, pero, de pronto, sabíamos algo profundo: yo era su sueño y ella era el mío. Y también éramos el sueño de otros miles, hombres, mujeres, niños, viejos, que nunca se vieron pero que alguna vez, con la ternura de la sed compartida, juntaron dos sueños tristes y los volvieron alegría. Porque un sueño, cuando es solo tuyo, puede salvarte del abismo un rato, pero termina resecándose como una flor arrancada. En cambio, el sueño que se encuentra, el que se abraza y llora con otro, es semilla: busca tierra, busca agua, atraviesa las piedras, y crece.
Las sombras de los árboles se estiraron esa tarde, y nosotros también. El banco nos sostuvo y nadie vino a decirnos que era tarde. Había una conspiración: la plaza, las palomas, los árboles, nosotros. Un acuerdo silencioso para dejar que ese sueño compartido creciera y flotara y tal vez, más tarde, encontrara otra boca, otra plaza, y siguiera andando por el mundo.
Cuando el sol se despidió, ella se levantó sin decir adiós, porque aquí los adioses son mentiras, y el sueño no termina. Yo sentí la madera caliente contra mi espalda y me quedé allí, un rato más, pensando que hay bancos en todas las plazas, esperando a que alguien les cuente un sueño, esperando a que otro lo escuche y lo haga propio. Porque lo único verdaderamente revolucionario es soñar juntos, y atreverse a despertar del sueño sabiendo que no estamos solos.
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