Fragmento:
Empieza así mi relato, en ese invierno denso de 1973. El poder nunca huele a rosas, amigos. Huele a sudor, a comida recalentada, a whisky barato y al rastro indeleble de los cigarros que nunca apagué del todo. Pero tiene un sabor —el atractivo sabor de hacer que el mundo baile a tu antojo, sólo para descubrir que el último que baila eres tú, solo, entre las sombras.
Duración: 04:41
La pipa humeaba junto a mi mano, las volutas girando perezosas entre los recortes de luz que, desde la calle, conseguían colarse al Despacho Oval. Yo, Nixon, presidente caído, rey en un palacio de paredes de mármol y pisos alfombrados por confidentes y traiciones, tomaba notas que nadie más leería jamás. Muchos años después, sigo sintiendo cómo cruje el silencio en esa sala tapizada de historia y mentiras. Y aunque la culpa por lo habitual tiende a diluirse con el tiempo, hay noches tan largas y densas que el recuerdo se planta en la cama conmigo y no me deja quitarme la corbata.
Empieza así mi relato, en ese invierno denso de 1973. El poder nunca huele a rosas, amigos. Huele a sudor, a comida recalentada, a whisky barato y al rastro indeleble de los cigarros que nunca apagué del todo. Pero tiene un sabor —el atractivo sabor de hacer que el mundo baile a tu antojo, sólo para descubrir que el último que baila eres tú, solo, entre las sombras.
Esa tarde en particular, Haldeman había dejado sobre mi escritorio una cinta, otra más de las muchas que zumbaban silenciosas tras las paredes. ¿Cuántas grabaciones? ¿Cien? ¿Doscientas? Perdí la cuenta... y a veces, si soy sincero, la memoria. Pero en esa cinta, mi voz era una araña venenosa que tejía telarañas en los tímpanos: “¿No podemos conseguir que la CIA pare esto de la FBI?” Mi voz. Mis palabras. Mi maldito dedo manchado, señalando siempre un culpable que no era yo.
Yo solía creer que las habitaciones oscuras eran el campo de juego de las grandes naciones. Pero no hay noche más oscura que la que tú mismo decides cerrar de golpe, apagando todas las luces mientras escribes tu nombre en listas que no existen.
Esa era mi herramienta predilecta: listas. Quién entra, quién sale, quién vive y quién desaparece del álbum de fotos oficiales, como si el olvido fuera tan fácil como arrancar una página. Pero en la Casa Blanca, el olvido huele peores que la traición: huele a cobardía, y la cobardía sabe a whisky rancio y a temor nocturno de que el teléfono suene trayendo las voces que ya no puedes evitar.
Lo que nunca conté, y que ahora les susurro a ustedes, fue lo que ocurrió la noche en que descubrí la “Pared Secreta”. La llaman así, aunque todos los presidentes, desde Eisenhower, sabían que no era más que una vieja trampilla detrás del busto de Lincoln, bajo la bandera raída que tapizaba el lado norte del despacho. Yo mismo la abrí, tembloroso, una medianoche después de tres copas de bourbon. Y la encontré: la carta.
Manchada de lágrimas, invisible a los ojos de los historiadores, firmada por uno de mis predecesores—también vencido, también roto. “Un día, Richard,” decía la temblorosa caligrafía, “el precio te encontrará. Si puedes, paga con dignidad.” Rompí a reír, primero; luego lloré como un niño al que le han quitado la madre.
Guardo ese papel en el bolsillo interior del único abrigo que no dejé atrás al irme, entrelazado como una cicatriz con mi piel de político veterano. Siempre pensé que yo sería el último tramposo de la función, el hombre que podía mirar al abismo y hacer que parpadeara primero. Pero cuando el abismo devolvió la mirada, vi todos los pecados de aquellos antes que yo, y supe que incluso el mejor de los soldados termina solo, armado sólo con excusas.
No se engañen: el poder no se cede, tampoco se pierde. El poder se malgasta en pasillos vacíos, se mancha sobre escritorios encerados, y tiñe las sábanas de la cama marital de una sombra que ni el amor ni el deber pueden limpiar. Eso es lo que nadie les cuenta cuando los flashes iluminan la sonrisa del hombre más poderoso del mundo.
¿Y qué hay del sexo, la otra moneda ineludible de este mercado de almas? Sólo diré que el Despacho Oval escuchó todo: suspiros, ruegos, amenazas suaves y promesas rotas en la cumbre de la noche, cuando las cortinas bajan y los guardaespaldas fingen no ver. El poder, en mi experiencia, es el mejor afrodisíaco y la peor pesadilla; y he sentido ambas cosas arder bajo mi piel, peleando por salir en cada apretón de manos, en cada discurso calculado.
Cuando por fin me marché, sólo llevé conmigo la carta y la certeza brutal de que, pase lo que pase en la historia, todos los dioses mueren igual que los mortales: rodeados de ruido y furia, y un silencio absoluto después.
Así escribo ahora, tal vez para que me entiendan mejor, o tal vez sólo para que, al menos en el papel, la última palabra sea mía. Pero incluso esto, lo sé, es una ilusión—y ahora son ustedes, los lectores invisibles, quienes tienen el poder de juzgarme y olvidarme. Quizás sea eso, al final, lo único realmente liberador.
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