Fragmento:
Amalia no creía en fantasmas ni en supersticiones urbanas; había sido criada entre el escepticismo y la lógica, enseñada a temer solo a los vivos y no a los muertos. Pero cuando cayó la medianoche, la rutina quebró su letargo: los golpecitos sutiles que venía escuchando desde hacía semanas comenzaron de nuevo, esta vez más cerca, justo en la pared detrás de su cama. Sabía que el piso colindaba con el apartamento vacío desde hacía meses, cuyos anteriores inquilinos -una pareja de ancianos- se habían esfumado sin previo aviso, llevándose solo lo que les cupo en un par de cajas polvorientas.
Duración: 04:02
La noche se deslizaba lenta sobre la ciudad como un manto denso, y los fugitivos rayos de la luna apenas se filtraban entre las nubes encrespadas. Esa noche, en el edificio desvencijado de la calle Gómez Ferrer, reinaba el más absoluto de los silencios, roto solo por el parpadeo pálido de las luces de neón al otro lado de la avenida. El apartamento 7D era un rincón anodino, aún aromatizado por el aire rancio de quienes antes allí habitaron, pero que esa noche serviría como umbral hacia un relato que nadie, salvo el más incrédulo, se atrevería a considerar real.
En ese apartamento, Amalia, una mujer de cuarenta y tres años, miraba distraída el reflejo de su rostro en la ventana mientras el humo del cigarro bailaba lascivo a su alrededor. Sus dedos tamborileaban contra la mesita de madera, repleta de cicatrices y marcas que sólo el tiempo y la ansiedad pueden esculpir. El silencio era total desde que su pareja se había marchado varias noches atrás, cansado de los crujidos inexplicables, las puertas que se abrían por sí solas, y de ese olor a quemado que a veces invadía el dormitorio sin razón.
Amalia no creía en fantasmas ni en supersticiones urbanas; había sido criada entre el escepticismo y la lógica, enseñada a temer solo a los vivos y no a los muertos. Pero cuando cayó la medianoche, la rutina quebró su letargo: los golpecitos sutiles que venía escuchando desde hacía semanas comenzaron de nuevo, esta vez más cerca, justo en la pared detrás de su cama. Sabía que el piso colindaba con el apartamento vacío desde hacía meses, cuyos anteriores inquilinos -una pareja de ancianos- se habían esfumado sin previo aviso, llevándose solo lo que les cupo en un par de cajas polvorientas.
La curiosidad pudo más que el miedo, y Amalia, armada con la linterna de su móvil, salió de su apartamento en bata, pies calzados por unas viejas pantuflas que amortiguaban el eco de sus pasos. El pasillo era una lengua de penumbra y olor a detergente barato; al llegar a la puerta del apartamento vacío, notó que la mirilla, que antes lucía gastada y empañada, brillaba como si algo cálido respirara del otro lado. Dudó. El vello de sus antebrazos se erizó, y una punzada de frío le recorrió la espalda.
Golpeó suavemente y, en respuesta, los golpecitos se reprodujeron al otro lado, exactamente con el mismo ritmo. Amalia sintió la garganta seca; se inclinó para mirar por la mirilla -absurdo hábito, ¿quién podría estar del otro lado si nadie vivía allí?-. Apenas asomó el ojo, una bruma espesa nubló el cristal y, por un instante, juraría que dos ojos oscuros y húmedos como piedras de río la observaban con persistente angustia.
Reculó, tropezó y estuvo a punto de caer. El corazón le latía como un tambor tribal. Respiró hondo, recuperó la compostura y decidió regresar a su apartamento, internándose en la seguridad ilusoria de la llave girando dos vueltas en la cerradura. Se prometió no mirar más por la mirilla, no golpear, no dejarse atrapar por delirios insomnes.
Horas después, mientras intentaba conciliar el sueño, la alarma del móvil sonó con una notificación extraña: una sola foto enviada desde un número desconocido. Amalia, con la visión empañada por el sueño, abrió el mensaje. Era una fotografía tomada desde el interior del apartamento vacío; en ella se veía la puerta de su propia casa, y a través de la mirilla, muy, muy cerca, su ojo abierto de par en par, congelado en el instante en que se dejó atrapar por la curiosidad. El fondo de la imagen era humo y sombra, y dos pupilas ajenas orbitaban a escasos centímetros del suyo.
La noche, en ese instante, se hizo eterna, y los golpes en la pared, desde entonces, fueron el único reloj que marcaba el paso de las horas en el apartamento 7D. Porque en ciertas ciudades y ciertas noches, no es la muerte lo que acecha desde el otro lado de la puerta, sino la fascinación. Y a veces —solo a veces— la curiosidad no mata al gato, sino que la condena a mirar, una y otra vez, desde ambos lados de la mirilla.
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