Fragmento:
Fue entonces cuando la doncella sajona apareció en el linde del círculo de luz, temblando bajo una túnica raída y los cabellos sujetos con una cuerda. Los sajones murmuraron al reconocerla, y uno, tal vez un hermano, sollozó.
Duración: 05:28
Las noches de la vieja Britania siempre olían a humo, a turba húmeda y algo más: la promesa de sangre. El año era 871. Tras la última nevada, el pasto bajo los cascos de los caballos de Uhtred crujía como huesos marchitos y el miedo, aunque negado por los labios de los guerreros, danzaba en cada sombra que arrojaban las hogueras de la orilla.
Había llegado con los primeros saquedores, apenas arropado por la piel de un lobo cazado en Noruega y el nombre heredado de un padre muerto temprano, y desde entonces la vida era una sucesión de amaneceres tensos y crepúsculos sudorosos.
En el campamento, cerca del río, el murmullo de los sajones cautivos era una letanía. Alguno rezaba en su latín bastardo, pidiendo a su Jesús el perdón de lo inevitable; otros apenas gruñían, resignados, las manos atadas con tiras de cuero curtido. Uhtred los observaba sin júbilo, sin odio. Todo hombre era un lobo mientras pudiera blandir un hacha; luego, todos se volvían iguales, esperando la decisión del vencedor.
Su capitán, Ragnar el Rubio, no era dado a la piedad, ni mucho menos aquella noche, después de días de lluvia y escasez. Había perdido dos hombres emboscados por los hijos de Wessex en el bosque de acebos. Por cada guerrero que caía, el odio se espesaba en el aire.
“¿Los matamos ahora o después del desayuno?”, preguntó Ragnar, sin apartar la mirada del fuego mientras lanzaba los huesos de un conejo a las llamas.
Uhtred clavó los ojos en la oscuridad tras la línea de resplandor. “Si los ejecutamos ahora, los fantasmas vendrán a por nosotros antes del amanecer. Dejadlos esperar. El miedo suaviza las gargantas.”
Una nube de silencios se posó sobre ellos, los guerreros escuchando, tensos, temiendo la ira de Ragnar, pero aquella noche el capitán parecía cansado.
“Dices que eres hijo de Northumbria”, murmuró Ragnar al rato, mientras agitaba el fuego con una rama seca, “pero ahora blande tu espada para Dinamarca. ¿Sangre, oro o mera costumbre?”
Uhtred sonrió, mostrando los dientes blanquísimos entre la barba sucia. “¿Acaso hay una diferencia? Los dioses entienden la espada, no los juramentos escritos en la lengua de curas.”
Fue entonces cuando la doncella sajona apareció en el linde del círculo de luz, temblando bajo una túnica raída y los cabellos sujetos con una cuerda. Los sajones murmuraron al reconocerla, y uno, tal vez un hermano, sollozó.
“Dice que es noble”, comentó el centinela que la trajo, empujándola con rudeza. “Promete oro. Y promesas. Quiere hablar con el capitán.”
Los ojos de Ragnar brillaron. “Los sajones y sus mentiras tienen más grasa que su cerdo.”
Pero Uhtred la miró con otra clase de hambre. Quedaba poca primaveras hacia el sur de esa isla maldita, y menos mujeres con ojos así de fieros. Era orgullo, no miedo, lo que la mantenía erguida.
La doncella habló en la lengua de los invasores, con torpeza pero sin titubeos:
“Mi padre regenta la fortaleza de Ethandun. Matadme y os perseguirán hasta el fin de vuestros días. Soltadme y os da su juramento. Oro, plata y salvoconductos.”
Ragnar la escrutó por largo rato, midiendo todas las promesas invisibles. Sus hombres ya murmuraban, algunos pidiendo rehenes, otros solo una presa para su odio acumulado.
“Ningún jarl negocia con lobos viejos”, dijo por fin, pero su voz era calmosa, expectante, como quien invita a revelar cartas ocultas.
La tormenta llegó antes del amanecer, azotando el campamento con una lluvia helada y vientos capaces de arrancar los clavos de los barcos. Los sajones amontonados en el barro gemían, envueltos en harapos, mientras la doncella seguía de pie, temblando bajo el aguacero. Uhtred estaba de guardia, la capa empapada pegada al cuerpo, y cuando sus ojos se encontraron de nuevo, vio que ahora el miedo sí palpitaba en su rostro.
“Puedo ayudarte a huir”, dijo él, voz baja y segura, “pero nada es gratis entre lobos.”
La muchacha dudó pero, tras un momento, bajó la cabeza.
“¿Qué quieres?”
“No tu oro. Tu verdad. Quiero saber hasta dónde pueden empujar un pueblo antes de que se quiebre.”
Y así comenzó el trato, sellado en la humedad y en la desesperación: él la ayudaría a cruzar la muralla de hombres; ella, prometería la salvación que solo la palabra de un noble sajón podía otorgar.
Mientras la conspiración crecía en las sombras, las noticias llegaron como un filo afilado: Alfred de Wessex marchaba hacia ellos, su ejército avanzando entre la niebla, dispuesto a recuperar no solo a la doncella sino a toda la tierra bañada por el Támesis.
Uhtred se encontró dividido, guerrero entre dos mundos: la lealtad al juramento pagano de Ragnar, la sed de verdad en la mirada de la muchacha, y su antigua memoria de niño sajón arrebatado.
La batalla estalló al alba, un rugido de acero y estandartes y sangre empapando la hierba. En mitad del caos, Uhtred halló a la doncella, ya armada con una daga y cubriéndose el rostro con un capucho de lana.
“Ahora es cuando decides de qué lado vives”, susurró él.
Y ella solo sonrió con esa fiereza rota, la de quienes han aprendido que la frontera entre el odio y la esperanza siempre es menor que un suspiro.
Brillaron las lanzas, ardieron los escudos, y mientras el futuro de una nación se debatía bajo el rugido de los cuervos, Uhtred supo que, más allá del oro, la sangre o el hábito, la única fidelidad válida era al propio destino escrito entre los dioses y el filo de una espada.
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