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Fragmento:


“¿Busca usted a los juramentados?”, murmuró la mujer, sin mirarlo. Paul, aturdido, negó con torpeza, pero ella continuó: “Algunos llegan aquí con nombres familiares, otros con apellidos olvidados. Todos buscan lo mismo: la puerta que solo abre el miedo.”

Duración: 05:29

La puerta de los juramentados
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Cuando Paul Sainte-Marie llegó a la desbordada Alejandría del año 1822, el aire ya era denso de historias impronunciables y promesas rotas. Lo había enviado su tío desde Marsella, encareciéndole que buscara en la antigua ciudad la tumba casi legendaria del bisabuelo Jean-Baptiste, desaparecido sesenta años atrás tras la huida turca de Bonaparte. Paul llegaba encorvado por el peso de una carta amarillenta: “No busques mi cuerpo, busca mi secreto, que sopla aún bajo el mosaico azul y oro de la iglesia negra”.

Invierno egipcio. Las tardes avanzaban somnolientas, entre despechos galos y cafés de humo denso, hasta que Paul tropezó con el nombre: La iglesia negra. Una capilla copta, casi consumida por la espuma salobre y los siglos, se desmoronaba junto a un canal menor, en un barrio donde los franceses ya no se atrevían. Al atardecer, cuando acudió cargando candil y humedad, la encontró vacía salvo por una anciana vestida de luto.

“¿Busca usted a los juramentados?”, murmuró la mujer, sin mirarlo. Paul, aturdido, negó con torpeza, pero ella continuó: “Algunos llegan aquí con nombres familiares, otros con apellidos olvidados. Todos buscan lo mismo: la puerta que solo abre el miedo.”

Esa noche, la luna se agazapó tras nubes pesadas y Paul se encontró de pronto en los brazos de viejas leyendas. Juramentados. Palabras que no pronunciaba la gente corriente. Hablaban de una sociedad, ni completamente secreta ni del todo abierta, formada por expatriados renegados, eruditos y tránsfugas coptos, dedicada a guardar saberes prohibidos, compilados durante siglos entre las sombras del Islam y la cruz, del faraón y el profeta.

La carta del bisabuelo había mencionado un mosaico. Paul entró de nuevo a la iglesia negra, solo, a la hora en que el sol se deslizaba por las ventanas rotas. El mosaico, aunque deslucido, brillaba aún en el ábside, azul y oro sobre negro: una estrella de ocho puntas entrelazada sobre la imagen partida de san Marcos. Siguiendo un impulso, Paul tanteó la unión entre dos azulejos. Nada. Un niño lo miraba desde la penumbra, ojos secos como el Delta.

Esa tarde, de regreso a la pensión, notó que lo seguían. Dos hombres de túnicas grises hablaron entre sí en griego antes de desvanecerse. El miedo, que apenas había rozado la superficie de su ánimo, empezó a hundirse hondo, a volverse materia.

El tercer día, la anciana lo aguardaba junto a la puerta. “Debe ir al fondo del canal”, le advirtió. Paul no entendía, pero siguió el sendero de lodo y cañas hasta una compuerta herrumbrosa. Allí, un pescador, guiñado por la edad y el sol, alzó una mano apergaminada.

“¿Francés? Muchos franceses buscan la puerta”, gruñó, y con un gesto indicó el muro semisepultado por la maleza. Zarpas de zarza cubrían el acceso, pero Paul distinguió otra vez el símbolo: la estrella de ocho puntas, esta vez roja, esculpida en la piedra. Empujó el muro, cediendo apenas. Se cortó la mano, sangre sobre piedra, y el muro rodó imperceptible, dejando paso apenas a un hueco para un cuerpo.

Dentro, la luz no era más que la respiración del aire antiguo. Bajó a tientas por peldaños gastados, con el eco de sus propios pasos persiguiéndolo. El aire olía a polvo, estuco y miedo. Al fondo, una puerta de madera ennegrecida por los siglos. Sobre ella, inscripciones en francés, árabe y latín. Paul leyó en voz baja:

Aquí aguarda el juramento de los fieles,

lo que sobrevive callado en la noche

y lo que se entierra para no morir.

Un resquicio. Empujó. Al otro lado, una sala oscura. En el centro, una mesa de piedra cubierta de manuscritos, mapas y objetos hechos trizas por el tiempo. Allí, llegó a comprender quiénes eran los juramentados: eruditos y conspiradores, depositarios de pactos políticos y amoríos prohibidos, tesoros de ciencia robada y evangelios apócrifos, todo aquello que empapaba la historia secreta del Mediterráneo.

Entre los papeles, halló cartas de Jean-Baptiste, su bisabuelo, en las que relataba la huida de la guarnición napoleónica, la traición de un teniente, la protección de los coptos que lo introdujeron en los misterios de la ciudad eterna. Había pintado, en versos breves, la historia de su amor por la hija de un sacerdote, y el juramento de guardar, a través de las generaciones, los secretos que los invasores no debían robar.

En la esquina más alejada de la sala, Paul encontró una trampilla de hierro. Al abrirla, el aire cambió: era un pozo estrecho, y en su fondo se adivinaba el murmullo del mar. Fue entonces cuando entendió el verdadero pasaje: no era solo físico, sino una promesa viva entre generaciones de disidentes y amantes, portadores del hilo invisible que sostiene lo no escrito.

De regreso a la superficie, el pescador y la anciana lo aguardaban. No le preguntaron nada, solo le tendieron la mano, como si reconocieran en él al próximo eslabón. Paul supo que nunca podría escribir las historias que había aprendido, pues había cruzado ese pasaje en el que lo crucial no era el saber, sino el silencio.

Volvió a Marsella meses más tarde, dejando tras de sí solo rumores y cartas. Pero desde entonces, cuando las sombras alargan los atardeceres, quienes conocen de puertas ocultas y nombres perdidos susurran aún en Alejandría: “Los juramentados nunca mueren, tan solo se ocultan un poco más profundo cada siglo.”

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