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Portada del relato La larga vigilia del crepúsculo
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Fragmento:


La guerra contra Napoleón ya no tenía el fulgor de las primeras victorias. Para Ivan, la gloria era solo nieve sucia y gritos en la noche. Las órdenes de retirada habían llegado varias jornadas atrás; sin embargo, su pelotón se vio obligado a recoger a los rezagados y a revisar cada cabaña ennegrecida en busca de vivos o de cuerpos reconocibles. En lo profundo de su estómago, Ivan sentía un nudo que ni la sopa caliente ni el aguardiente lograban aflojar.

Duración: 07:01

La larga vigilia del crepúsculo
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En el invierno de 1812, mientras la nieve devoraba las huellas de los ejércitos como si fuesen restos de un sueño, el capitán Ivan Vasílievich Korovin permanecía sentado ante una ventana pequeña, observando caer la noche sobre las ruinas de una aldea a medio consumir por el fuego. Sus manos, endurecidas y ásperas, se aferraban con fuerza al diario que había comenzado a escribir tan solo unos días antes, con la esperanza —tal vez vana— de que narrar el horror lo despojara de su veneno. Por encima de su cabeza, colgaba una lámpara de aceite temblorosa, su luz luchando contra las penumbras, como los hombres luchaban contra el invierno y contra sí mismos.

Ivan no era, ni mucho menos, un héroe a los ojos de quienes le rodeaban. Apenas si se consideraba digno de su propio uniforme. Hijo menor de un funcionario modesto de Kazán, la guerra lo había arrastrado de los salones polvorientos de la academia militar hasta la frontera misma de la muerte y la locura. En la habitación adjunta, el sargento Markelov dormía con un fusil entre las sábanas, murmurando palabras incomprensibles en mitad de una fiebre creciente. El hedor a descomposición y pólvora era más espeso que el aire.

En sus días de juventud, Ivan soñaba con la eternidad de los nombres inscritos en las piedras de los monumentos; ahora, sólo soñaba con el fin de las caminatas en la nieve, con un cigarro mal enrollado, y con el rostro de su esposa Katia, quien mantenía una hoguera encendida por él a miles de verstas de distancia. El insomnio lo empujaba una y otra vez a volver la vista sobre su diario, cuyos márgenes estaban cada vez más gastados, como una piel envejecida antes de tiempo.

La guerra contra Napoleón ya no tenía el fulgor de las primeras victorias. Para Ivan, la gloria era solo nieve sucia y gritos en la noche. Las órdenes de retirada habían llegado varias jornadas atrás; sin embargo, su pelotón se vio obligado a recoger a los rezagados y a revisar cada cabaña ennegrecida en busca de vivos o de cuerpos reconocibles. En lo profundo de su estómago, Ivan sentía un nudo que ni la sopa caliente ni el aguardiente lograban aflojar.

Al alba, una patrulla le informó que en las afueras del pueblo, junto al molino, habían encontrado a una mujer y un niño, ocultos entre haces de trigo helado. Ivan se deslizó en su abrigo, agarró su sable y cruzó la plaza, sin pronunciar una palabra. El simple acto de caminar sobre la nieve le resultaba cada vez más penoso; cada paso parecía borrar recuerdos de tiempos anteriores. Cuando llegó al molino, divisó a la mujer. Estaba de pie, envuelta en andrajos, con el niño a su espalda, el cabello cubierto de escarcha y las mejillas ardientes por el frío y la fiebre.

—No queremos problemas —dijo la mujer en francés, con voz quebrada, sin apartar la vista del capitán—. Sólo buscamos refugio.

Ivan, sorprendido, medio sonrió. El francés no le era ajeno, aunque prefería no utilizarlo si no era necesario: le recordaba las canciones melodiosas y las cartas de amor de hacía años. Quiso decir algo reconfortante, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

—Aquí sólo hay ruinas y hambre —farfulló al final.

El niño, pequeño y frágil como una brizna, asomó la cabeza desde la espalda de su madre y sonrió con los labios azules. Ivan sintió un dolor punzante, mezcla de lástima y de rabia, producto de la absurda inversión de la inocencia; los niños no deberían sonreír así en la guerra.

Contra el informe de sus subordinados, Ivan ordenó llevar a la mujer y al niño a una de las cabañas que aún permanecía en pie, compartiendo su pan duro y lo poco que quedaba de manteca. Por la noche, mientras Markelov deliraba en sueños y otros soldados jugaban a las cartas para engañar la desesperación, Ivan le pidió a la mujer que le contara su historia.

Su nombre era Élise Benoît. Antes de la guerra, regentaba una librería en las cercanías de Tours, junto a su esposo, un médico alistado en el Grande Armée. El avance ruso había devorado su pequeño universo de libros y tardes de primavera. Ahora era un espectro, moviéndose entre cenizas, aferrada al niño, su único ancla.

—¿Quiere usted volver a casa? —preguntó Ivan, sabiendo muy bien que la pregunta era cruel.

Élise bajó la mirada. Silencio. Los hielos del Volga parecen hacer más sonora la ausencia de palabras.

—Mi hogar es donde recupere la paz —susurró.

Aquella noche, Ivan escribió en su diario: Es extraño sentir compasión hacia el enemigo, como si la guerra nos permitiese elegir a quién temer, a quién odiar. Pero la miseria no distingue banderas. Pienso en Katia, y en si alguna vez alguien, de otro uniforme, la trataría con bondad si llegara el desastre.

Los días siguientes, Ivan y los suyos continuaron el lento exilio hacia Moscú. Élise y su hijo viajaban con ellos. Pronto el pelotón se acostumbró a su presencia: los soldados compartían cuentos improvisados al fuego, y el pequeño aprendía palabras rusas mientras imitaba la marcha de los cosacos. Al principio hubo hostilidad y desconfianza, pero el hambre y el cansancio también acortan distancias.

Una tarde, mientras cruzaban un bosque donde los árboles crujían como huesos, oyeron disparos y gritos. Una partida de forajidos —ex soldados desertores, mezcla de rusos y franceses— emboscó a la columna. El combate fue breve y brutal. La nieve se tiñó de sangre. Ivan, herido en la pierna, logró arrastrar a Élise y al niño hasta el tronco de un árbol. El pequeño lloraba y la mujer temblaba, pero Ivan, jadeante y furioso, mantuvo el arma en alto hasta que llegaron refuerzos.

Tras la refriega, mientras las llamas de la improvisada pira funeraria iluminaban los contornos helados, Ivan miró a la mujer. Sus ojos —antes plácidos, casi vacíos— ahora rebosaban dolor y doggedas preguntas.

—¿Por qué me ayuda, capitán? ¿Por compasión? ¿Por redención?

Ivan vaciló. En la guerra, la compasión es una traición y la redención una mentira útil. Pero esa noche, bajo el cielo sin estrellas, Ivan reconoció en Élise algo perdido: la promesa olvidada de que los seres humanos pueden, aun en el infierno, elegir no ser demonios.

El invierno fue cediendo poco a poco, como una vieja bestia que se resiste a morir. Cuando arribaron a los límites de Moscú, Élise y su hijo recibieron un salvoconducto, y Ivan, cojeando, regresó a su hogar. Katia lo aguardaba con el crepúsculo en los ojos y las manos firmes. El capitán nunca la amó más que entonces, marcado para siempre por la memoria de la mujer extranjera y la larga vigilia del invierno.

Con los años, Ivan continuó escribiendo en su diario. Los recuerdos de aquel invierno se convirtieron en fábulas contadas a sus hijos, y el mundo, en mitad de nuevas guerras, olvidó los detalles. Pero al fondo de su corazón persistió la certeza de que, incluso entre ruinas y cenizas, hay breves destellos de humanidad capaces de salvarnos de nosotros mismos, de unir vidas opuestas por un instante fugaz, como el eco de unas campanas en el crepúsculo.

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