Fragmento:
La niebla de Roma arremolinaba perezosa las piedras de la Vía Appia, mientras los cascos de los caballos repiqueteaban en la madrugada. Publio Cornelio Escipión, envuelto en la túnica empapada por el rocío, llevaba en sus manos el futuro de un mundo que ya no era exactamente el suyo. El calendario señalaba el año 123 antes de Cristo. Pero los dioses, burlones e inconstantes, nunca habían seguido los dictámenes del tiempo.
Duración: 04:25
La niebla de Roma arremolinaba perezosa las piedras de la Vía Appia, mientras los cascos de los caballos repiqueteaban en la madrugada. Publio Cornelio Escipión, envuelto en la túnica empapada por el rocío, llevaba en sus manos el futuro de un mundo que ya no era exactamente el suyo. El calendario señalaba el año 123 antes de Cristo. Pero los dioses, burlones e inconstantes, nunca habían seguido los dictámenes del tiempo.
Etruria ardía. Extrañas hogueras titilaban por las laderas, portadas por hombres de ojos claros, cabellos enredados y una lengua que no pertenecía a ninguna nación conocida. Desde hacía cinco inviernos, bandas llegadas de más allá de las nieves germánicas aparecían, primero como sombras; luego, con el estruendo de la guerra. Su líder, una mujer de aspecto feroz apodada Helga la Rota, había doblegado tribus entera. El Senado se agitaba con temor y evitaba a toda costa esa palabra maldita: invasión.
Escipión, nieto del Africano y último vestigio de una gloria en declive, era también portador de un secreto. El oráculo de Cumas había hablado en versos confusos la última vez que la consultó: "El niño nacido de la loba hallará su fin en la ciudad de los lagos, cuando Marte se vista de doncella". Los patricios lo interpretaron como delirio. Él, sin embargo, recordaba la mirada de la sacerdotisa, tan fija y ardiente que calaba más que el vino generoso de Arretium.
Fue en la villa de Alba Fucens donde la marea cambió. Los invasores, encaramados sobre bestias desconocidas—unas cabras enormes, cornudas, capaces de saltar de peñasco en peñasco—atacaron en la noche. A Escipión se le apareció una figura velada en medio del caos, su voz una melodía extrañamente familiar: "La historia se dobla, Publio, así como el hierro bajo el martillo. El fugitivo será juez; el conquistador, castigado. ¿Que elegirás tú?"
Las legiones se derrumbaron, no ante la lanza extranjera, sino por la sequía y el hambre. Al sur de Capua, en esa misma Vía Appia, Escipión fue testigo de la disolución del orden. Los esclavos fugitivos de Sicilia se unieron a los invasores, prometiéndoles oro y trigo. Roma, ciudad de mil videntes, no vio venir la peor de las traiciones: la de sus propios hijos, hartos de cenizas y sangre.
Esa primavera, por primera vez, un ejército marchó sobre Roma sin portar el estandarte de la loba, sino uno nuevo: una media luna tallada en madera azul, enmarcada por runas ininteligibles. En el Forum Romanum, los emperadores de mármol contemplaron, impasibles, la ceremonia de Helga la Rota. Los senadores, obligados a vestir túnica oscura, fueron relegados a la sombra del Rostra, mientras nuevos dioses eran nombrados: Freyja, Odín, a la par de Júpiter. Y en lo alto de la colina Capitolina, el templo fue partido: la mitad dedicada a Marte; la otra, a una divinidad extranjera con crines de lobo.
Publio Cornelio, exiliado en Cumas, aguardaba. Pronto, las señales: una niebla azulada descendió sobre el Lacio; los pozos se tornaron ámbar; y en el cielo, dos lunas aparecieron en la noche de los idus. Era el desdoblamiento de la historia, la grieta que el oráculo temió.
Cuando Helga, ya emperatriz, llegó a visitarlo, encontró a Escipión ante una estatua partida de Minerva. Le habló con la voz de un mar que no conoce costas: "Roma es un suspiro entre siglos. Pero yo veo en tus ojos el fuego de algo que no quiere morir. Ven conmigo al norte, y juntos sojuzguemos esas tierras donde aún no ha nacido la palabra Roma."
Él la siguió, pero la llevó, engañándola, al lago Fucino, donde reposaban las antiguas tumbas de reyes. Allí, tras la traición, Helga pereció y Roma volvió a vivir, aunque nunca igual. Desde ese día, la urbe ofreció, junto a sus dioses tutelares, sacrificios de miel a la memoria de la mujer guerrera.
Y en la piedra de la Vía Appia, bajo la luna doble, alguien grabó con escoplo torpe las palabras que resonaron a lo largo de los siglos:
“Que la historia se doble, pero nunca se rompa. Pues quien mira atrás, se convierte en mañana.”
Así nació un nuevo linaje. Y en cada rincón del imperio, los mitos se entrelazaron: Roma y lo extranjero, lo vivo y lo soñado. Sólo los dioses, eternos y mudos, supieron la verdad que ningún hombre osaría contar.
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