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Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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La inspectora gitana
Portada del relato La sombra tras las ventanas de la colina
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Fragmento:


En el gran salón, Severin halló a la tortuga Hedwig, vieja entre las viejas, quien había vivido siglos recogida en rumores. Pero Hedwig no estaba sola: el zorro Emil, eterno prestidigitador de trampas, y la cierva Greta, de elegancia rota, se acurrucaban junto al fuego frío de las chimeneas, guardando el calor imaginario de historias compartidas.

Duración: 03:50

La sombra tras las ventanas de la colina
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Había una noche eterna sobre la colina, cuando el búho Severin, con la mirada más aguda de todo el bosque, llegó a aquel lugar prohibido donde los árboles susurraban historias fatídicas; la Mansión Ámbar recortaba su silueta entre la niebla. Los lobos decían que ya nadie vivía ahí —que quizá nadie nunca vivió— y solo los ecos y las sombras se turnaban las habitaciones, danzando al albur de los lamentos que el viento arrastraba por las rendijas.

Pero Severin no creía en cuentos. Su sabiduría, alimentada por años de vigilia y por la experiencia de esquivar trampas de hombres y engaños de zorros, lo impulsaba a la curiosidad. "Los lugares temidos —pensaba— esconden los mayores secretos." Así, una noche de luna malherida, Severin cruzó el umbral, con los párpados entrecerrados y las alas pegadas al cuerpo.

Dentro encontraba el aire tan denso que parecía haber perdido el alma y, sin embargo, multitud de presencias etéreas repiqueteaban por las molduras, encendiendo chisporroteos de luz fosca en cada rincón. Severin avanzaba, completamente dueño de su coraje, y aunque sentía las plumas de la nuca erizársele, resistía al impulso de regresar. Cada sala era un retrato cubierto de polvo, y los espejos rotos devolvían su reflejo multiplicado en cien ojos aterrados.

En el gran salón, Severin halló a la tortuga Hedwig, vieja entre las viejas, quien había vivido siglos recogida en rumores. Pero Hedwig no estaba sola: el zorro Emil, eterno prestidigitador de trampas, y la cierva Greta, de elegancia rota, se acurrucaban junto al fuego frío de las chimeneas, guardando el calor imaginario de historias compartidas.

—Os esperaba —dijo Severin, rompiendo el silencio como si agujereara un ataúd—. Decidme, ¿por qué teméis salir? ¿Por qué la mansión los tiene prisioneros?

La tortuga susurró, con voz como hojas secas:

—Aquí el miedo se sirve una y otra vez en los platos rotos. Cada uno de nosotros guarda un secreto por el que teme ser juzgado. Solo aquí, entre los gritos de los ausentes, podemos no ser vistos del todo.

Emil guardaba su hocico bajo la cola, pero murmuró entre dientes:

—Nadie teme a los fantasmas. Solo a nosotros mismos, cuando quedamos desnudos bajo la mirada serena de la luna.

Greta, de pasos flotantes, asintió:

—Hoy me quedo porque huí de todo lo que amaba. La mansión no me embruja; solo repite la naturaleza de mis huídas.

Severin, con el corazón agitado, comprendió entonces que en la mansión embrujada no eran los espectros los que asustaban. Cada animal era víctima de sus culpas no expiadas, y salían de sus nichos a la hora azul para confesar al eco lo inconfesable.

Decidió Severin no juzgar, sino escuchar. Cada noche volvía a la mansión, sin importar los cuentos de pavor. Guiaba el parlamento de las almas angustiadas, y, uno por uno, los animales empezaron a salir cuando la aurora rozaba la colina. Crecieron en coraje, reconocieron su dolor y aprendieron a mirarse a sí mismos sin terror.

La mansión ámbar fue perdiendo su poder. El polvo dejó de ser ceniza y se transformó en oro bajo la luz del día. A medida que los secretos se volvían palabras, y las palabras, comprensión, las sombras tras las ventanas disminuyeron.

La última noche, Severin halló la mansión vacía. Se quedó un instante en el pórtico, mirando cómo los primeros rayos iluminaban la colina. Comprendió que los lugares embrujados son cárceles sin rejas que nosotros mismos construimos. Y, mientras alzaba el vuelo, juró no temer jamás lo que guardaba su propio corazón.

Así aprendieron los animales del bosque que por mucho que la mansión embrujada parezca vigilar desde la colina, el único eco que persiste es el de los miedos no nombrados. Hay mansiones en cada uno, y solo saliendo por sus puertas podemos llamar nuestra vida realmente propia.

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