Fragmento:
El tejón, viejo y gruñón, masculló desde la penumbra: “Las reglas las escribimos con nuestras vidas y las olvidamos con nuestra muerte. Así ha sido y así será. Pero si los nuevos reclaman la tierra, ¿qué haremos los viejos?” Los jabalíes, relucientes de fuerza, se apresuraron a responder. “¡La fuerza es la única ley!”, bramó el líder de ellos. “El bosque pertenece a quien lo pueda defender.” Un silencio cayó, pesado como el musgo bajo la lluvia.
Duración: 05:03
En el corazón del bosque más viejo que el tiempo, donde la niebla se estira a lo largo del suelo como una manta sobre un lecho olvidado y los árboles inclinan sus cuerpos nudosos para escuchar los secretos de la tierra, sucedió cierta noche una congregación que no figura en la memoria de ningún hombre, pero cuya consecuencia ha marcado el destino de las criaturas grandes y pequeñas. Los ciervos, que esperan siempre la aurora como los monjes esperan la salvación, se adelantaron a la reunión, seguidos por un escuadrón de conejos cuya curiosidad sólo es comparable a su temor. El búho, con sus ojos como lunas gemelas y su voz cargada de sabiduría amarga, presidía el concilio, mientras la zorra, ingeniosa y escurridiza, halló un asiento entre las raíces, sin dejar de mirar a su alrededor con recelosa inteligencia.
Se celebró la asamblea porque el bosque, desde hacía meses, estaba dividido. Las viejas leyes marcadas en la savia y la roca eran puestas en duda; el gran lobo, otrora temido y respetado, había caído a manos de una trampa, y los jabalíes se sentían ahora los dueños de los claros. Las normas no escritas, más antiguas que la lluvia, comenzaban a rajarse bajo la presión de nuevas ambiciones.
El búho, con su voz profunda y pausada, habló primero. “Hermanos y hermanas del bosque, la noche se ha vuelto fría y los susurros se transforman en gritos. ¿Qué será de nosotros si no hay Ley bajo las hojas? Una vez, las sendas estaban marcadas, y cada paso se daba con respeto. ¿Ahora, quién se atreve a cruzar el río sin mirar atrás?” Una ardilla, inquieta, brincó de una rama a otra antes de soltar: “Antes, solo temíamos al zorro. Ahora, temo a todos; hasta al ciervo que come a mi lado.” La zorra inclinó la cabeza, una sonrisa delgada dibujándose en la comisura de su hocico: “El miedo tiene un sabor delicioso, pero demasiado de él envenena el arroyo. ¿Quizá es hora de que el bosque se renueve?”
El tejón, viejo y gruñón, masculló desde la penumbra: “Las reglas las escribimos con nuestras vidas y las olvidamos con nuestra muerte. Así ha sido y así será. Pero si los nuevos reclaman la tierra, ¿qué haremos los viejos?” Los jabalíes, relucientes de fuerza, se apresuraron a responder. “¡La fuerza es la única ley!”, bramó el líder de ellos. “El bosque pertenece a quien lo pueda defender.” Un silencio cayó, pesado como el musgo bajo la lluvia.
El búho, girando la cabeza, se dirigió a la asamblea: “¿Qué es la fuerza sin la astucia? ¿De qué sirve la astucia sin la compasión? Hace generaciones, alguien, quizá mi tatarabuelo, dijo que un bosque dividido no es hogar sino campo de batalla, y que solo el respeto lo une.” Los conejos, temblorosos, miraban a todos lados, buscando una salida, mientras los árboles, casi imperceptiblemente, agitaban sus hojas, como si quisieran aplaudir el eco de aquellas palabras.
La zorra, con su voz de terciopelo y veneno, propuso un juego. “Dejemos que la noche decida. Cada especie contará lo que teme perder y lo que ansía ganar. No habrá burlas ni rugidos mientras la palabra vuele, porque el conocimiento verdadero sólo se alcanza cuando el viento cruza el claro.” Así habló la liebre: “Temo perder mi madriguera, ansío dormir sin sobresalto.” Dijo el tejón: “Temo la extinción, ansío respeto.” El ciervo confesó: “Temo la traición, ansío comunidad.” El jabalí gruñó: “Temo no ser recordado, ansío poder.” Y la zorra, por fin, murmuró: “Temo la soledad, ansío la astucia que acaba con todas las soledades.”
El búho, cansado pero firme, cerró los ojos y ponderó. “Es la verdad de todos, la suma de los temores y los deseos, lo que hace la naturaleza del bosque. Olvidamos que somos ramas de un mismo tronco, raíces de la misma sombra. Si no nos contenemos unos a otros, si no tejemos una red de deberes y equilibrios, pronto los leñadores acabarán con todos, pues en la división está nuestra perdición.”
La noche avanzó, y la asamblea se deshizo. Se marcharon en silencio, cada uno meditando sobre los miedos que no se dijeron y las ansias que no encontraron consuelo. Pero al amanecer, ocurrió algo extraño: todos compartieron el mismo sueño, uno en el cual el bosque era destruido no por la furia del jabalí, ni la astucia de la zorra, ni el hambre del lobo ni la cobardía del conejo, sino por la ceguera que da el olvido de la Ley. Así nació de nuevo el antiguo respeto, débil al principio, pero creciendo como brote bajo la escarcha, hasta que, una generación después, el bosque fue más fuerte que nunca.
Y desde entonces, cuando la niebla baja y la luna se hace vieja, se dice que el búho aún recuerda a todos, con su mirada plateada, que el equilibrio no es un derecho sino una tarea incesante; que la libertad sin cuidado solo conduce al daño; y que la paz solo se cosecha quienes sudan por entender no solo su deseo, sino el temor de su prójimo.
Porque en la asamblea de los silencios, los que más escuchan son los que más sobreviven.
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