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Portada del relato El festín silente
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Fragmento:


La Serpiente, enrollada y medio escondida, alzó la cabeza con pereza. —No hace falta llamar a todos. Solo a los que aún no se han rendido.

Duración: 05:51

El festín silente
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En lo más profundo de la selva reposa el claro de la Fuente, un lugar bañado por la luz mortecina de la luna y el murmullo tenue de aguas mansas. Allí, solo en noches en que la brisa mueve los árboles con dedos largos, los animales se atreven a reunirse. No es por gusto ni por simple aburrimiento: tales convocatorias surgen cuando el rumor se enrosca en el oído y la inquietud se hace carne entre las patas y los picos. El claro se ha vuelto nervioso en las últimas lunas. El León, que apenas ruge ya, lame viejas heridas al margen del círculo, mientras la Jirafa encoge el cuello para huir de toda pregunta. El Búho, con ojos desmedidamente abiertos, vigila cada sombra, y la Liebre, cuya boca no cesaba jamás, ahora apenas musita a los hierbajos.

Entre todos, es el Zorro quien mantiene la compostura y se convierte en portavoz de los murmullos no pronunciados, en el intérprete de los gestos huidizos y las miradas cómplices. Aquella noche, la Fuente apareció más sombría, como si la luna flaqueara. El Zorro, con paso tranquilo pero mente afilada, saltó a una piedra y miró al corro desordenado.

—No vinimos aquí para observar —dijo, con una voz que bailaba entre el elogio y el reproche—. Sabemos lo que está ocurriendo. El Agua de la Fuente cada vez sabe más amarga, y los ciervos han visto humanos rondando la ribera. El tronco viejo de la higuera aparece cada mañana más cerca del suelo, carcomido por una podredumbre inesperada. No podemos seguir esperando.

El Búho revoloteó sobre sus patas. —¿Y qué propones, astuto? ¿Convocamos a todos los animales del bosque para escuchar viejas historias sobre nuestros miedos?

La Serpiente, enrollada y medio escondida, alzó la cabeza con pereza. —No hace falta llamar a todos. Solo a los que aún no se han rendido.

La noche avanzó, devorando paciencia. Cada animal traía consigo un retazo de la realidad: los conejos hablaban de madrigueras inundadas; las aves, de ramas que cedían con facilidad; los carnívoros, de presas huidizas cada vez más hambrientas y menos numerosas. En el trasfondo, el Tamborilero —un viejo mono que se decía conocedor de los secretos mejor guardados—, golpeaba distraídamente el tronco de la higuera caída.

De pronto, la asamblea se inflamó. La Liebre propuso mudarse a otra parte, cruzar el río y probar suerte más allá, donde la sombra de los hombres y la peste de la higuera aún no llegaban. El Cuervo se rió ásperamente y recordó las historias de trampas y perros salvajes del otro lado. La Jirafa sugirió talar todos los árboles enfermos; la Tortuga, conocida por sus luces lentas pero firmes, contraargumentó que la raíz de la higuera era tan profunda que nadie podría arrancarla sin sacudir el bosque entero.

Las palabras iban y venían con la desazón de quien sabe que no hay buen desenlace. Finalmente, el Zorro, aguzando el olfato al viento inquieto, llevó la conversación hacia un punto insólito.

—Tal vez debemos mirar a la causa y no a las ramas —dijo—. Todos padecemos, todos tememos. Pero, ¿alguien ha hablado realmente con los hombres? ¿Alguien ha intentado entenderlos?

El silencio pesó como un yugo invisible. Los animales, acostumbrados a temer el paso de los hombres, jamás consideraron acercarse. Más allá del claro, reinaba la noche y, en ella, los fuegos distantes de los campamentos humanos parpadeaban como luciérnagas maliciosas.

Fue entonces cuando la vieja Cabra, poco escuchada pero siempre presente, arrastró su pezuña y habló con voz seca:

—El miedo es la más eficiente de las barreras. Hacéis mucho ruido porque sabéis que no queréis hacer nada. Os reunís, os lamentáis, y así pensáis que habéis actuado. Pero no hay pacto en la asamblea si nadie se atreve a cruzar el umbral del miedo.

El comentario ofendió a muchos, pero nadie supo rebatirlo. La asamblea titubeó entre la dignidad y el desaliento. La noche no perdonaba a los débiles, y el aroma de la higuera podrida se hizo más agresivo. Algunos se retiraron, otros cuchichearon, y unos pocos, como el Zorro, la Serpiente y el Búho, se comprometieron a observar a los hombres y descubrir algo más allá del miedo heredado.

Y así, cuando el alba apenas rozaba el horizonte, un pequeño grupo se deslizó más allá del claro, rumbo al humo, las voces, la raíz del enigma. Durante noches, los que quedaban en el claro esperaron, temblando y rezando a dioses olvidados. La higuera seguía marchitándose, la fuente cada vez más amarga, y las historias se tornaban fábulas para atizar la esperanza.

Al regresar, el grupo traía noticias que nadie esperaba. Los humanos, decían, no eran una sola cosa. Algunos buscaban aprovechar el agua y la leña, otros huían de males propios. Traían semillas nuevas, pero también enfermedades que no comprendían ni podían contener. El bosque les temía, pero ellos también vivían bajo el peso de un miedo intraducible, de una pérdida expresada en fuego y herramientas. Nadie era, al final, verdaderamente dueño del dolor ni del poder.

La asamblea siguiente no tuvo discursos rimbombantes ni soluciones fáciles. Solo una comprensión compartida: la vida es una balanza desequilibrada, y ningún miedo, por profundo que sea, se resuelve ocultándolo bajo la costra del silencio o la costumbre. Ese día, bajo la higuera enferma, los animales pactaron seguir reuniéndose, no para resolver todos los males, sino para resistir, adaptarse y, sobre todo, atreverse a mirar aquello de lo que jamás habían hablado.

Así, la charca siguió su curso, los árboles sobrevivieron a medias, y el claro de la Fuente se hizo más sabio en la falta de certezas. Porque, según repite el eco de la vieja Cabra aún hoy, a veces el coraje consiste únicamente en dejarse ver, en cruzar el umbral y hablar, aunque solo sea para no pudrirse junto a las raíces del miedo.

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