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Portada del relato La asamblea de los peñascos
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Fragmento:


El cuervo, que vigilaba el claro desde la rama más alta, fue el primero en darse cuenta. "La risa de la hiena no es natural," advirtió a la zorra, que sólo respondió con una mueca, pues deseaba conocer los chismes que traía la forastera. El ciervo, animado por el sabor de lo prohibido, buscaba sus palabras en busca de sentido donde sólo había humo.

Duración: 04:41

La asamblea de los peñascos
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En el corazón de un bosque viejo, donde los árboles tejían sombras tan densas como el silencio de los que no desean recordar, vivía un clan de lobos grises. No lejos dormía el río, eterno en su costumbre de murmurar secretos a quien sabe escuchar. En la maleza, las criaturas se espiaban como en un antiguo teatro de conspiración. La vida seguía, impasible a la mirada del sol, hasta que la llegada de una hiena solitaria vino a turbar la paz rota del lugar.

La hiena, cuyo pelaje estaba matizado por la ceniza y la cicatriz, había atravesado distancias cuyos nombres habían sido borrados por el miedo. Traía consigo la risa enfermiza que sólo los condenados comprenden y que rechazaba el sueño de los animales viejos. Los lobos la toleraron primero como se tolera un invierno corto, creyendo que su presencia sería fugaz, pero la hiena fue hábil en descifrar los deseos de cada bestia: ofrecía noticias, rumores y un consuelo oscuro a quien se arrimara a su sombra, disfrazando el veneno de consejo.

El cuervo, que vigilaba el claro desde la rama más alta, fue el primero en darse cuenta. "La risa de la hiena no es natural," advirtió a la zorra, que sólo respondió con una mueca, pues deseaba conocer los chismes que traía la forastera. El ciervo, animado por el sabor de lo prohibido, buscaba sus palabras en busca de sentido donde sólo había humo.

La influencia de la hiena creció en la oscuridad, fértil como hongos en la podredumbre. Los animales mayores, antaño sabios y guardianes de las costumbres, se vieron desplazados mientras los jóvenes revoloteaban en torno a la forastera, oyendo historias de tierras prometidas y placeres sin nombre. La noche se llenó de rivalidades, y hasta los búhos, que todo lo presenciaban, guardaron sus saberes para sí, temerosos de ser objeto de los rumores.

Una asamblea fue convocada en el claro bajo la luna vieja. Hasta el tejón se aventuró, arrastrando sus achaques, para participar en la deliberación. El lobo alfa propuso expulsar a la hiena, pero ella, con un destello de dientes y palabra resbaladiza, habló a los corazones de cada animal sobre la injusticia de los juicios y la belleza de los deseos no confesados. Pronto, la asamblea se dividió; los aliados dudaron, los enemigos blandieron sus rencores, y el silencio fue reemplazado por acusaciones a media voz.

Mientras el bosque se fracturaba, la hiena tejía alianzas privadas. A la zorra le prometió la protección de la manada; al ciervo, el regreso del respeto; al cuervo, que sería el confidente de los secretos. Pero cada promesa era un hilo en la red de su soledad, y ninguno recibió más que migajas de atención y fragmentos de confianza. Cuando el primer animal desapareció en el río —una liebre rumorosa, enemistada con todos—, nadie preguntó demasiado. Cada cual guardó su miedo tras mordazas de cortesía.

Las semanas pasaron y el bosque se tornó un campo minado de sospechas. La hiena, excitada por la confusión, mencionó en voz alta que algunos debían vengar antiguos agravios; otros, que era hora de que los fuertes comieran solos. Los antiguos pactos, esos que durante décadas habían sostenido la vida común, se rompieron como las alas de una mariposa atrapada en telarañas.

Un atardecer, la zorra —cansada de promesas rotas— buscó al lobo alfa. “Las palabras de la hiena queman la tierra donde antes brotaban frutos. Nuestro bosque se va pudriendo bajo sus garras.” Pero el lobo, ya viejo y cansado de disputas, respondió: “Nuestra ruina no la trajo la hiena, sino el hueco que había en nosotros. Ella sólo trajo el eco.”

Fue entonces cuando los animales entendieron. La hiena, huésped y espejo, sólo había manifestado los rencores que dormían bajo la apariencia de comunidad. La noche siguiente, enfrentaron a la hiena en el claro, pero ella, lejos de temer, soltó una carcajada que rebotó entre los troncos como la promesa de una plaga. “¿Me expulsaréis? Ya es tarde. Yo sólo di forma a lo que siempre estuvo: el ansia, el tedio, la sospecha. Incluso si parto, el bosque llevará mi marca, mientras busquéis afuera lo que sólo muere por dentro.”

La hiena partió bajo la luz sorda del alba, y el clan de lobos tardó mucho en reunirse otra vez con los demás. Poco a poco, el bosque cerró sus heridas, pero nadie olvidó la lección amarga: que las bestias más peligrosas no vienen de afuera, sino que despiertan con la primera risa nefasta que encuentra hueco en sus corazones.

Y así, bajo el dosel antiguo, el río sigue murmurando. Sólo los sabios escuchan el eco de la risa de la hiena entre sus aguas, recordatorio inconstante de la fragilidad de todo pacto cuando las sombras crecen demasiado espesas para distinguir las zarpas del eco de los propios miedos.

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