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Fragmento:


Aquella tarde lluviosa, una carta sin remitente aguardaba en el felpudo. Álvaro la recogió, notando que su nombre estaba escrito con una caligrafía diminuta, precisa, como la de su madre en aquellas postales perdidas de infancia. Abrió el sobre sin ceremonia y leyó una página que rezumaba recuerdos, una invitación a una reunión de antiguos compañeros de la universidad. No era la primera vez que lo invitaban, pero esta vez algo en el tono ―esa mezcla de nostalgia y expectativa, una promesa de algo que tal vez ni existía― lo atrapó fuera de guardia.

Duración: 03:39

Sombras en el Azúl
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El zumbido del refrigerador era lo único que llenaba la cocina vacía, un sonido que Álvaro había aprendido a considerar compañía en las horas tardías de la noche. Se había mudado a este apartamento hace un año, todavía huyendo de sí mismo, de esa versión de hombre prometedor que todos creyeron que sería y que, al cumplir los treinta y siete, había reconsiderado innumerables veces, sentado en la penumbra, con una botella de vino barato a medio terminar. En la ciudad, siempre llovía en mayo, y el agua resbalaba por las ventanas, deformando el reflejo de su rostro y de las calles que alguna vez conoció bien.

Aquella tarde lluviosa, una carta sin remitente aguardaba en el felpudo. Álvaro la recogió, notando que su nombre estaba escrito con una caligrafía diminuta, precisa, como la de su madre en aquellas postales perdidas de infancia. Abrió el sobre sin ceremonia y leyó una página que rezumaba recuerdos, una invitación a una reunión de antiguos compañeros de la universidad. No era la primera vez que lo invitaban, pero esta vez algo en el tono ―esa mezcla de nostalgia y expectativa, una promesa de algo que tal vez ni existía― lo atrapó fuera de guardia.

Pasaron horas antes de que decidiera ir. La duda era natural, ahora, a su edad; el orgullo herido, también. Pero finalmente se vistió, torpemente, como si su ropa fuera un idioma olvidado. El trayecto le pareció interminable, mientras el tranvía recorría calles que se desvanecían bajo la neblina. En la pequeña cafetería donde la reunión tenía lugar, las risas ajenas vibraban como una frecuencia extranjera. Había algo en el grupo, en esas personas que apenas reconocía, que le devolvió una claridad breve, como la primera bocanada de aire tras un chapuzón inesperado.

Mercedes, que había sido su confidente, se sentó frente a él con su café humeante, llevando un abrigo amarillo y la misma sonrisa tímida de antaño. “No has cambiado tanto como temes”, le dijo en voz baja. Él sonrió, pero el gesto era mitad desafío, mitad súplica. El tiempo parecía haberse estirado; en el fondo, buscaba desesperadamente indicios de su antiguo yo en las conversaciones ajenas, en los gestos, en los silencios llenos de todo lo que nunca se dijeron.

Las horas avanzaron. Conversaron sobre trabajos, amantes, padres que envejecen y mascotas perdidas. Álvaro escuchó, se dejó llevar, y en un momento pareció entender que no había respuestas, sólo lugares desde donde hacerse las preguntas. El imborrable anhelo de pertenecer chocó contra la certeza de que había cambiado. El mundo seguía caminando y le costó admitir que tal vez, solo tal vez, no tenía que alcanzarlo siempre.

Cerca de la medianoche, al salir al frío, Mercedes rozó su mano. El gesto le recordó a los veranos en el río, al olor de la hierba mojada y los secretos susurrados bajo estrellas adolescentes. No hubo promesas, pero sí la posibilidad de volver a encontrarse sin las armaduras de lo que esperaban de ellos. Caminó solo hasta su apartamento, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que la compañía más difícil y preciosa era la suya propia. La turbulencia de su vida seguía allí, igual que la lluvia, pero la posibilidad de aprender a vivir bajo ella, sin esperar a que cese, era una idea menos aterradora.

Ya en casa, escribió una carta, sin destinatario, y la dejó sobre la mesa, junto a la botella. Un reconocimiento silencioso de que crecer no era conquistar, sino aceptar, como la lluvia en la ventana, que a veces sólo queda mirar, y dejar que el tiempo transcurra, hasta que el ruido del refrigerador vuelva a parecer compañía, y la noche, menos oscura.

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