Fragmento:
Había algo distinto en el aire aquella tarde. El sol caía con pereza detrás de la colina, y los árboles, ya entrados en años, parecían más quietos que de costumbre, como si esperasen, al borde del camino, la resolución de algo largamente postergado. Clara recogía las manzanas que habían caído al suelo después de la tormenta, y el barro se metía entre sus uñas, recordándole, con tozuda insistencia, que el día estaba lejos de terminar. A lo lejos, la vieja casa de su abuela se elevaba firme, aunque los postigos colgaban, desganados, y el blanco de las paredes había dado paso a una pátina de gris.
Duración: 02:46
Había algo distinto en el aire aquella tarde. El sol caía con pereza detrás de la colina, y los árboles, ya entrados en años, parecían más quietos que de costumbre, como si esperasen, al borde del camino, la resolución de algo largamente postergado. Clara recogía las manzanas que habían caído al suelo después de la tormenta, y el barro se metía entre sus uñas, recordándole, con tozuda insistencia, que el día estaba lejos de terminar. A lo lejos, la vieja casa de su abuela se elevaba firme, aunque los postigos colgaban, desganados, y el blanco de las paredes había dado paso a una pátina de gris.
No era fácil regresar después de tantos años. El pueblo se le antojaba apretado y al mismo tiempo demasiado abierto, como si todas las miradas se depositaran en sus hombros, sigilosas e indiscretas. Había perdido la costumbre de recibir saludos por la calle y de recordar el nombre de los hijos de mujeres que ahora lucían arrugas iguales a las de su madre. Pero allí estaba, intentando comprender si el temblor en sus manos era cansancio o una forma más sutil de miedo.
Se incorporó, limpiándose el sudor con el dorso de la mano. Al volver la vista sobre el huerto, la vio: Lucía, la amiga que creía que nunca volvería a ver, agachada entre los surcos, con los cabellos recogidos en un moño improvisado y el rostro enrojecido por el esfuerzo. Durante un segundo resurgieron imágenes dispersas: dulces robados, cartas enterradas bajo la tierra húmeda, promesas susurradas a media noche. Fue Lucía quien rompió la distancia, caminando resuelta, y cuando se detuvo a su lado, la miró como si nada hubiera cambiado.
—Has vuelto —dijo simplemente, sin reproche.
Clara asintió, revisando la expresión de Lucía, buscando en esos ojos el eco de la adolescente rebelde que fue. Pero lo que halló fue otra cosa: algo más pausado, más sólido. Se sintió expuesta, vacilante, como si el regreso hubiese despojado, uno a uno, los disfraces que con tanto esmero había tallado para sí en la ciudad.
—No he tenido elección. Mamá está enferma. —El silencio parecía envolver cada palabra, haciéndolas más pesadas.
—Ha sido un año duro —Lucía respondió, girando sobre el talón para fijarse en el horizonte. El rumor del viento trajo consigo el olor a heno, a otoño en ciernes.
Guardaron silencio un instante, con la respiración acompasada, como si compartieran aún aquel latido común de otro tiempo. Hablaron poco, pero en ese hueco donde sólo se escuchaba el canto de las cigarras, Clara se percató de que había regresado algo más que sus pasos por el camino. Había regresado la certeza de sus propias preguntas.
La noche cayó rápido, sumergiendo la casa en matices de azul y sombra. En el porche, su madre, Magdalena,
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