Fragmento:
Escribo por la noche, cuando los grillos –los pocos que han aguantado la salinidad y la falta de refugio– hacen su música débil. Pienso en la época en que la lluvia era promesa y no amenaza. Sí, porque aquí, cuando el cielo por fin cede lágrimas, es para llevarse a su paso el adobe de las casas, la siembra raquítica y toda fe en la estabilidad.
Duración: 04:24
Las noches ya no traen silencio, sino el rumor insoportable de las máquinas, un murmullo ahogado de ventiladores y compresores en ciudades enteras. Aquellas generaciones que heredamos creían que todo podía arreglarlo el progreso, que el cielo era solo una pantalla pasajera, un proscenio para el espectáculo de motores y humo. Aprendimos demasiado tarde. He caminado esta llanura, donde las temperaturas no bajan ya por debajo de los cuarenta en verano, para ver de cerca lo que otros solo vislumbran en pantallas saturadas de advertencias: el rostro seco de la tierra que asfixia los brotes; las grietas largas como vidas donde antes reían arroyos.
Me llamo Alexander, y hace diez años que dejé la ciudad. No fue elección –me obligó la sequía, el racionamiento de agua, el precio de la electricidad que lo volvió todo oscuro y costoso después de que la presa se rindiera. Me fui cuando los niños de mi vecindario, con bocas abiertas y ojos llorosos, se desmayaban en el patio escolar. Ahora vivo cerca de las colinas, donde el aire quema menos la piel al amanecer y aún quedan arbolitos de copas pálidas.
Escribo por la noche, cuando los grillos –los pocos que han aguantado la salinidad y la falta de refugio– hacen su música débil. Pienso en la época en que la lluvia era promesa y no amenaza. Sí, porque aquí, cuando el cielo por fin cede lágrimas, es para llevarse a su paso el adobe de las casas, la siembra raquítica y toda fe en la estabilidad.
Mi hermana Julia prefirió quedarse. Me contaba, con voz cada vez más tensa, las noticias de la capital: el día en que prohibieron lavar los coches, cuando cerraron las piscinas públicas, el año en que las gaviotas murieron en los tejados de zinc, buscando charcos que nunca llegaron. Ahora ya no llama. Las comunicaciones fallan cada vez más, y en la última ocasión que hablamos, lloramos juntos, aferrándonos a historias viejas sobre nuestros padres y su esperanza ciega en el "mañana mejor".
Por aquí los migrantes cruzan a pie, llevando niños dormidos en brazos, ropas mojadas atadas a la cabeza, y un paso lento de resignación. Me he acostumbrado a compartir el pan duro y el agua solarizada. Algunos traen relatos de mares subidos hasta las puertas de las escuelas, de huracanes que ahora tienen nombre propio y caen dos veces en un mes, de campos de refugiados bordeando el perímetro de antiguas costas.
A veces, en medio de la noche, veo luces danzando cerca del horizonte. Son incendios forestales: el viento silba y lleva brasas que caen como semillas de muerte en el matorral. Cuando amanece, el humo da al sol un color sangriento, y nos preguntamos cuánta superficie sobrevivirá al siguiente verano dichoso, brutal e implacable.
Vivo de un pequeño huerto. Hay que cultivar en bancales elevados, porque cada lluvia trae sal y sed. Aprendí a distinguir qué semillas aguantan; el amaranto, las leguminosas amargas, algunos pimientos retorcidos. Los inviernos casi no existen, y la escarcha es leyenda para mis sobrinos, que apenas recuerdan el sabor de las naranjas jugosas.
Alguna vez alguien llegó con una radio de manivela. La encendimos y escuchamos voces temblorosas desde otros puntos del país: científicos, poetas, políticos tardíos. Hablaron de reparar, de revertir, de recuperar lo que el egoísmo y la ceguera deshicieron. Pero nosotros, aquí, vivimos con la certeza de que nunca habrá regreso. El déficit está tejido en el polvo que respiramos, en el agua que medimos gota a gota, en la quietud de las aves que ya no migran porque no encuentran fronteras que prometan alivio.
A pesar de todo, cada noche siembro una hilera más de esperanza, enterrar semillas oscuras en tierra hinchada de silencios. No es fe en la vuelta del pasado, sino una terquedad ancestral. Porque la vida, en su empeño obstinado, brota donde menos se la espera: entre escombros, desde grietas, bajo el humo y la sequía, a pesar del miedo, y porque la memoria perdura.
He aprendido que la resistencia ya no es heroica, sino cotidiana. Un cubo más de agua filtrada, una semilla nueva, una historia contada junto al fuego hecho con ramas rescatadas. Quizá aquí, donde el castigo y la redención se confunden con cada atardecer tostado, podamos algún día volver a aprender a convivir con el planeta que olvidamos escuchar. Lo escribo bajo la luna opaca, para que no se pierda del todo la melodía antigua de las estaciones ni el fragor de la pérdida que, como un viento perpetuo, nos rehace y sostiene.
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