Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Powerless (edición especial limitada)
La niñera
Edición limitada de la novela Anatema.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato El latido bajo la corteza
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Fragmento:


Desperté, como suelo hacerlo, con la boca sedienta y un rumor de rabia en la sangre. El viejo trailer donde paso los veranos tiene las ventanas clausuradas con plástico y madera vieja para impedir el galopar de la sequía. Afuera, el mundo se mueve hacia la nada con la parsimonia de quien sabe que ganará. Me calzo, relleno el termo con lo que queda de agua de lluvia y salgo a enfrentar el sol nuevo, ese disco blanco que desgarra y blanquea la memoria del desierto.

Duración: 05:26

El latido bajo la corteza
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Desperté, como suelo hacerlo, con la boca sedienta y un rumor de rabia en la sangre. El viejo trailer donde paso los veranos tiene las ventanas clausuradas con plástico y madera vieja para impedir el galopar de la sequía. Afuera, el mundo se mueve hacia la nada con la parsimonia de quien sabe que ganará. Me calzo, relleno el termo con lo que queda de agua de lluvia y salgo a enfrentar el sol nuevo, ese disco blanco que desgarra y blanquea la memoria del desierto.

Vivo orillado por los mapas. Los colecciono, viejos y mal impresos, papeles donde los ríos seguían existiendo y los bosques eran verdes en vez de ceniza. Hace décadas que las líneas de esos mapas ya no se corresponden con la tierra. Eventos, dicen en el noticiero, llaman eventos a los desplazamientos de una línea de costa, la desaparición de un delta, la pulverización de una ciudad entera bajo una tormenta. Sin embargo, cada pocos meses, alguien toca a mi puerta con la certeza mohosa de una herencia antigua, pidiendo ayuda para encontrar su lugar en el mundo.

Nunca es el mismo lugar. Hoy, por ejemplo, llega Clara. En sus ojos la pérdida ya se insinúa. Suda bajo su sombrero, los clavos de la determinación apenas sujetando el miedo.

—Quiero encontrar la granja de mis abuelos —me dice—. Hace cinco años que no la veo, pero quiero encontrarla.

Mis dedos se pasean sobre el mapa más reciente, una impresión digital apenas actualizada tras la última "actividad sísmica". Un trazo azul sigue figurando un río que, según la experiencia, sólo existe en el recuerdo húmedo de quien lo vio.

—No será igual —le advierto. —Las cosas cambian.

Clara asiente, apretando entre las manos un pequeño GPS que no hará ningún bien.

Nos internamos en el bosque raquítico que queda al este del tráiler. El bosque cruje, seco, y cada paso es un reclamo de los árboles caídos. Los pájaros ya no cantan, sólo sobrevuelan, mudos.

Caminamos horas. El sol danza, el viento arrastra polvo blanco. Al llegar al sitio donde el mapa promete el cauce de un arroyo, encontramos un tajo de piedra y arena, un lecho fosilizado. No hay agua, sólo la promesa de que alguna vez, tal vez, existió.

—No era así —murmura Clara—. Aquí me bañaba de niña.

El GPS parpadea, recalculando, perdido. Inútil. Arrojo el aparato contra una roca, con esa furia que sólo tienen los animales heridos. No dice nada; los mapas nunca explican la desaparición, sólo la sugieren, tímidamente, como si la culpa fuera del lector que imagina demasiado.

Esa noche acampamos bajo un cielo denso, sin estrellas. El mapa de ese firmamento también se ha desplazado, polos moviéndose, constelaciones en fuga. A medianoche, en medio de mi insomnio, siento vibrar la tierra. No es un terremoto, es más bien como si alguien, lejos, estuviera respirando. Una pulsación baja, rítmica, apenas un zumbido.

Clara también lo escucha.

—¿Qué diablos será? —pregunta.

No sé. Nunca lo he sentido antes. No es mecánico, no es viento ni el motor de extractor alguno. Es más orgánico; más antiguo que una oración. Un eco, quizás, de algo bajo el suelo.

Durante días nos persigue esa pulsación. Cambio de dirección; los viejos caminos no llevan a ningún sitio. Ríos falsos, carreteras que surcan pastizales ya tragados por la sal, huellas de ciudades sordas bajo ceniza. Claramente, la brújula moral de los viejos mapas es ya inútil; el mundo no responde a las líneas trazadas por hombres muertos.

El pulso bajo la tierra se hace más fuerte. Al atardecer, subimos una colina de tierra roja. Desde allí, por fin puedo abarcar el horizonte. No hay granja, sólo restos de madera clavos oxidados emergiendo como costillas de la arcilla. Clara llora en silencio. El pulso retumba, se alinea con mi propio corazón.

—Tal vez el mundo se está reescribiendo a sí mismo —le digo.

No parece encontrar consuelo en mis palabras. Retrocedemos, pero la vibración persiste. Al dormirme siento que mis sueños no son del todo míos, y que el pulso me arrastra hacia paisajes que ningún mapa ha querido representar nunca: selvas que brotan donde ahora hay desierto, lagos nuevos y resplandecientes cubriendo las ruinas, cordilleras surgiendo entre lomadas planas.

En el último pueblo, antes de regresar, un anciano me pregunta:

—¿Usted también la escuchó, la música de la tierra?

Me limito a asentir.

Los mapas de la pared han sido arrancados por los más jóvenes. En las esquinas del bar murmuran de "las zonas vivas", de lugares donde crecen especies que no aparecían en ningún manual, de aguas fervientes, de aves nunca vistas. Se habla de una nueva cartografía, holística, orgánica, que vibra al compás de ese mismo latido.

Al volver a mi tráiler, encuentro a Clara partiendo con un grupo al norte, hacia una zona aún sin nombre. El pulso sigue, y sé —en el fondo lo sé— que lo escucharé hasta el final. Camino al interior, cierro las ventanas para protegerme del empuje seco del futuro y tomo el mapa más inútil, el más bello, aquel que se rehace bajo las huellas de cada viajero.

Quizá un día, si la especie recuerda escuchar en vez de trazar, comprenderemos que el mundo no es un contorno fijo, sino una pulsación asombrosa, incomprensible, que avanza y reescribe, sin pedirnos permiso, cada línea posible.

Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
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