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Portada del relato El precio de ser escuchado
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Fragmento:


La universidad me abrió los dientes de su maquinaria y yo, obstinado, aprendí a no ser tragado. Eran tiempos ásperos. Trabajos nocturnos en la estación de gasolina, debates hasta la fatiga en el equipo de oratoria. Aprendí rápidamente que la palabra, cuando se maneja con precisión, es un arma más afilada que cualquier baqueta. De esa manera conseguí una beca y, con ella, la esperanza remota de que la vida no seguiría la escritura que otros habían anticipado para mí.

Duración: 05:52

El precio de ser escuchado
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Había momentos, en los que la noche se deslizaba despacio en el salón del Despacho Oval, cuando la soledad me parecía más cruel que el odio de mis adversarios. Solía quedarme bajo la luz tenue de la lámpara, escuchando el leve tic-tac del reloj que me recordaba, de modo imperturbable, que cada instante era irrecuperable. Yo, Richard Nixon, hijo de un tendero de Yorba Linda, había llegado a la cima del poder, pero enseguida aprendí que la cumbre era un sitio estrecho donde el viento corta y la niebla nunca se disipa por completo.

Las primeras memorias de infancia eran un murmullo persistente, la fragancia agria de las naranjas y la tierra, y la voz de mi madre, siempre cansada, pero rígidamente esperanzada. Los días en East Whittier eran austeros, y la muerte de dos de mis hermanos tendió sobre la casa una nube que nadie se atrevía a espantar. Me refugié en los libros y en la voluntad de revancha, no contra el mundo, pero sí contra el olvido al que parecía condenado un muchacho “de escasos recursos y nervios excesivos”, como rezaba la opinión de algunos maestros.

La universidad me abrió los dientes de su maquinaria y yo, obstinado, aprendí a no ser tragado. Eran tiempos ásperos. Trabajos nocturnos en la estación de gasolina, debates hasta la fatiga en el equipo de oratoria. Aprendí rápidamente que la palabra, cuando se maneja con precisión, es un arma más afilada que cualquier baqueta. De esa manera conseguí una beca y, con ella, la esperanza remota de que la vida no seguiría la escritura que otros habían anticipado para mí.

La guerra, ese látigo colectivo que sacude y marca a una generación entera, me encontró y me atavié con el uniforme no por romanticismo patriótico, sino como una exigencia impostergable del deber. La Marina me enseñó, y en buena medida reforzó, ese temor sordo al fracaso, el compromiso no con la gloria, sino con el control, con anticipar los movimientos del enemigo incluso antes de iniciar la partida.

Mi entrada en la política fue tanto una fuga como un salto. La primera campaña, una huida del anonimato; la segunda, un asalto directo a la idea de que otros, más gentiles o nacidos en mejores circunstancias, podían acaparar todo el destino. En el Congreso me convertí, para alegría de unos y espanto de otros, en el azote del comunismo. La imagen se sobredimensionó hasta subsumir cualquier faceta más humana de mi carácter: “Tricky Dick”, el incansable perseguidor de subversivos, que sacaba de la oscuridad amenazas invisibles, reales o metafóricas, y las presentaba al público como trofeos.

Fui vicepresidente bajo Eisenhower, y aprendí el poder de estar cerca del Sol sin quemarse, de sentarse en el banquillo mientras se afinan los grandes planes, y de conocer, sin participar, la verdadera temperatura del poder. Fui a Sudamérica, enfrenté multitudes hoscas, me arrojaron piedras, gritaron mi nombre como si invocaran a un demonio local, y en aquellos momentos tuve la certeza de que la política era una jungla moral en la que el camuflaje y la agresión eran recursos tan vitales como el carisma.

Perder en 1960, bajo las luces cálidas y crueles de la televisión, fue una humillación pública que partió mi orgullo pero no mató la ambición. La derrota en California, dos años después, fue una cruz gravosa y, por breve tiempo, consideré dar la espalda al país que tantas veces me había observado y juzgado con ojos de jurado insatisfecho. Pero la derrota, para quien no conoce la complacencia, es solo un peldaño más y no una lápida.

La presidencia era el último territorio que me debía a mí mismo. Durante la noche de la victoria, el ruido de la celebración apenas alcanzaba mis oídos: sólo pensaba en las promesas pesadas que me aguardaban, en el conflicto interminable de Vietnam, en la sospecha de que el poder verdadero es la capacidad de tolerar la incertidumbre y la crítica. Ordené la apertura con China, reconstruí la relación con la Unión Soviética, preparé la retirada de Vietnam; cada una de estas decisiones fue un malabarismo entre la audacia y la desesperación, porque en las altas estructuras del poder nadie se salva de la presión permanente, ni siquiera el hombre al frente.

Watergate, ese fantasma cuyos pasos escuché mucho antes de que tocara mi puerta, fue el punto en el que el drama se hizo inevitablemente tragedia. Nada de lo que pueda decir ahora servirá para transformar ese episodio en algo menos corrosivo. Los micrófonos —mi obsesión por controlar, por saber, por no ser engañado— acabaron siendo los carceleros de mi reputación. Escuchaba, grababa, anotaba, y poco a poco la Casa Blanca se volvió un mausoleo de secretos, hasta que llegó el día en que el edificio entero, y mi carrera con él, se desplomaron bajo el peso de la desconfianza.

Debo admitir que el miedo al fracaso fue siempre mayor que la ambición de la victoria, y que, al final, cuando pronuncié mi alocución de renuncia, sentí un extraño alivio, como si la sentencia de la historia por fin hubiera caído y, con ella, el deber de demostrarle algo a un país que no sabía si quererme o detestarme. Me fui a San Clemente, entre el sonido paciente del océano y el silencio agrio del escándalo, y allí aprendí que un hombre se conoce mejor en el exilio voluntario que en el abrazo de los vítores o la ira de sus rivales.

Nunca fui un santo. Fui, si acaso, un hombre de grietas profundas, que intentó contener —y acaso domar— los temblores de una nación que rara vez conoció la paz consigo misma. El error, en la vida pública, se paga con la propia sangre y con la memoria, y el tiempo, más cruel que cualquier comité, decide si habrá redención. Yo —navegante del laberinto y del rumor, de la gloria y de la caída— sigo escuchando a lo lejos la voz matizada del deber, sabiendo que, entre todas las realidades, la única certeza es que el precio de buscar ser escuchado por todos es, casi siempre, no poder confiar nunca en nadie.

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