Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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Dire Bound. Alma de lobo
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Portada del relato Guantes de Noche
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Fragmento:


En la morgue les recibió un médico con aspecto de fumador incondicional. "Hay una marca en la muñeca derecha —dijo, señalando el cuerpo bajo la sábana—. No la vi anoche, pero bajo esta luz... parece hecha por una cuerda fina." Marcellin se inclinó y la vio: un círculo rojizo, casi desaparecido. La muerte, les informó el médico, no era compatible con el ahorcamiento, pero la marca sugería que alguien había intentado sujetarlo, quizá para arrastrarlo antes de acomodar la escena.

Duración: 05:45

Guantes de Noche
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La tarde caía sobre París y una fina lluvia se arremolinaba en el empedrado del Quai des Orfèvres. En la comisaría, el inspector Luc Marcellin daba vueltas al último expediente, sin lograr decidir si la fatiga que sentía era debida al caso o al sinsabor de la hora. Había una rutina en el trabajo duro, sí, pero también un destello animal que a veces lo despertaba incluso antes del amanecer: el deseo soterrado de comprender, de encajar piezas, de asomarse al abismo de las vidas ajenas.

Fue entonces cuando la puerta opaca de su despacho vibró tras un golpe breve pero seguro. Giró apenas la cabeza. Era Élise Gauthier, su colega, impecable como siempre, con ese perfume apenas perceptible que traía ecos de violetas. Ella no tenía prisa, como debía ser cuando se busca la verdad, y dejó el expediente en la esquina de su mesa. "Vino el forense —dijo—. Hay algo que no cuadra con la víctima de Montmartre."

Marcellin entornó los ojos. El caso llevaban dos días arrastrándolo: un hombre hallado en una buhardilla, rodeado de papeles y una copa volcada de bourbon, la ventana abierta al patio interior, el sordo rumor de violines de un piso vecino. Nada en sí era distinto a otros suicidios —y sin embargo la intuición, la que no cabe en el informe, les obligaba a quedarse hasta tarde.

Bajaron juntos. La lluvia, al salir a la calle, era más fina que piel de cebolla. El taxista, con el periódico abierto sobre las costillas del volante, les hizo una seña cansada antes de aceptar la dirección de la morgue. París seguía ajena a todo: tabernas llenas, paraguas cruzando la avenida, el Sena oliendo a tristeza vieja.

En la morgue les recibió un médico con aspecto de fumador incondicional. "Hay una marca en la muñeca derecha —dijo, señalando el cuerpo bajo la sábana—. No la vi anoche, pero bajo esta luz... parece hecha por una cuerda fina." Marcellin se inclinó y la vio: un círculo rojizo, casi desaparecido. La muerte, les informó el médico, no era compatible con el ahorcamiento, pero la marca sugería que alguien había intentado sujetarlo, quizá para arrastrarlo antes de acomodar la escena.

"¿Y el bourbon?", preguntó Élise, tomando notas con letra pequeña y ordenada.

"Sin huellas. Ni en la botella ni en el vaso", replicó el forense.

"¿Los papeles?"

"Cartas bancarias, una nota manuscrita —como la que dejaría un suicida— y varios recibos."

Marcellin observó desde la ventana de la morgue: el destello de las luces, la ciudad sin memoria. La verdadera historia, siempre lo había creído, se gestaba en esos detalles que los criminales creían insignificantes. El hombre muerto, Jean-Paul Mercier, no tenía familia que le buscara, sólo una ex mujer y una hija en Lyon, a quienes no veía hacía diez años. Un vecino dijo que últimamente salía mucho, vestido de traje, siempre después de las cinco. "¿Y regresaba tarde?", preguntó Élise. El vecino asintió. "Siempre traía un sobre marrón."

La pista se tornó sólida cuando, revisando las cámaras de una librería cercana, atisbaron a Mercier la noche anterior a su muerte, hablando nervioso con una mujer morena de abrigo rojo. En la mano, indudablemente, el sobre marrón.

Buscaron en el archivo de registros policiales. La mujer, tras ampliar la imagen, resultó ser Annette Blondel, fichada hacía dos años por estafa, nunca juzgada por falta de pruebas. La dirección constaba todavía y hacia allí se encaminó la investigación. Al tocar el timbre del pequeño apartamento, una anciana los recibió. "Annette ya no vive aquí. Pero viene a veces —dijo, con la voz baja—. La última vez fue anoche, entró por la puerta de la cocina y salió antes del alba."

Elise y Marcellin examinaron el lugar y, en la cocina, hallaron huellas nuevas sobre el alféizar. Un vecino confirmó que sí, Annette tenía un amigo, un hombre de ojos claros que conducía un Peugeot azul. Encontraron el Peugeot cinco calles más abajo, huellas frescas en el capó. Dentro, papeles rasgados y el mismo sobre marrón, vacío salvo por un solo contenido: una fotografía de Mercier en la escalinata de la Banca Nazionale, recibiendo un fajo de billetes.

Elise reflexionó en voz alta, casi sin mirar a Marcellin: "Quizá era chantaje. No sólo dinero, quizá un favor pendiente, quizá venganza". Cada palabra pesaba como plomo sobre la respiración de Marcellin, que había aprendido a desconfiar de las soluciones sencillas.

Contactaron con el banco. El vigilante nocturno recordaba a Mercier varias noches esa semana, hablando siempre al teléfono, nunca al mismo interlocutor. Allí, tras varias horas de revisar grabaciones y registros, surgió el dato final: la llamada de Annette Blondel al banco poco antes de la muerte de Mercier, solicitando hablar con el director. Nadie atendió su solicitud esa noche; la transferencia quedó en suspenso.

Pero todo encajó al abrir una vieja libreta en la mesa de Mercier, incautada por la policía y olvidada entre los primeros informes. Letras apretadas, fechas y cantidades. Un registro meticuloso de pagos, nombres y pagos ocultos, un entramado de corrupción pequeña que salpicaba a varios empleados y al propio director del banco. Mercier había reunido las pruebas y había sido asesinado cuando intentó negociar su silencio.

Elise y Marcellin redactaron el informe sin emoción, conscientes de que la verdadera justicia raramente tiene la última palabra para los vivos. Pero en las calles mojadas de París, entre los reflejos de neón y la mugre de los portales, esa noche los guantes del asesino no pudieron borrar lo que ya estaba escrito en la piel de la ciudad: la certeza de que la noche, tarde o temprano, devuelve a la superficie todo lo que se intenta ahogar en ella.

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