Fragmento:
La primera andanada llegó con un estrépito seco, rompiendo la conversación de los hombres como una cuchilla entre carne blanda. Nos aplastamos en el fondo de la trinchera, las manos sobre los cascos. La tierra temblaba con cada explosión y podía sentir la vibración correrse por mis huesos, como si yo mismo estuviera por desmoronarme. Después del primer minuto, el estruendo se volvía una marea ininterrumpida: sólo quedaba rezar que la metralla no encontrara a uno, que la muerte se embriagara y pasara largamente por encima.
Duración: 04:05
Olía a tierra mojada, a caballos muertos y a un aire agrio que dolía al respirar. Cuando desperté esa mañana debajo de la manta empapada, el ligero retumbar de los cañones alemanes anunciaba el amanecer, aunque el horizonte no mostrara otra cosa que el mismo barro y niebla. Brunner, mi compañero de guardia, repartía los últimos cigarrillos que quedaban; esas horas antes del ataque eran siempre de una lentitud insoportable, como si el tiempo mismo estuviera suspendido en las trincheras.
El teniente recorrió la línea, sus botas chapoteando en charcos de sangre vieja y lluvia, con las órdenes arrugadas bajo el brazo. Miraba a cada uno como si quisiera recordarnos individualmente, aunque era evidente que no podía distinguirnos bajo la costra de barro y agotamiento. Cada rostro reflejaba distintas formas de miedo: algunos cortantes como vidrio, otros apagados, resignados a una suerte indistinta. Yo encendí mi cigarrillo y aspiré; el humo era un alivio, un pequeño triunfo en la penumbra fangosa.
La primera andanada llegó con un estrépito seco, rompiendo la conversación de los hombres como una cuchilla entre carne blanda. Nos aplastamos en el fondo de la trinchera, las manos sobre los cascos. La tierra temblaba con cada explosión y podía sentir la vibración correrse por mis huesos, como si yo mismo estuviera por desmoronarme. Después del primer minuto, el estruendo se volvía una marea ininterrumpida: sólo quedaba rezar que la metralla no encontrara a uno, que la muerte se embriagara y pasara largamente por encima.
Cuando los obuses callaron por un instante, supimos que era nuestro turno. A una señal, trepamos torpemente por la pared desmoronada de la zanja, respirando barro, noche y miedo. El campo delante era un cráter interminable, surcos llenos de agua. Corrí como en un sueño, sin sentir los pies bajo el peso del barro y el equipo. El muchacho a mi izquierda cayó con una súplica breve, y sólo tuve tiempo de echarle una mirada antes de saltar sobre el parapeto roto de la trinchera enemiga.
En ese instante no había patria ni causa, solo el impulso animal de seguir adelante o quedarse muerto donde uno se detuviera. La bayoneta en la mano era una extensión involuntaria del brazo, y el primer rostro enemigo que vi, surgiendo entre la niebla, era pálido y horrorizado; nos quedamos un momento mirándonos, como dos sombras reflejadas, antes de lanzarnos el uno contra el otro. Al clavarle la bayoneta, sentí más su estremecimiento que el mío. No sentí gloria, ni odio, sólo una pena helada, como si algo se escurriera entre mis dedos y nunca pudiera recobrarse.
El ataque duró hasta el mediodía. La trinchera cambió de manos varias veces, y los supervivientes, exhaustos, se reagruparon ante el griterío de los oficiales, pero apenas quedaba fuerza para avanzar. Corrí hacia un refugio semiderruido y allí encontré a un francés, herido de muerte. Nos miramos, incapaces de hablar, y le ofrecí mi cantimplora. Bebió, derramando agua y sangre a la vez. Antes de morir, murmuró el nombre de su madre.
A lo lejos, los cañones callaron. Era un silencio terrorífico, demasiado pesado. Caminé vacilante entre los cuerpos, sin mirar rostros, temiendo reconocer alguno de los míos, temiendo no reconocerme a mí mismo. Más tarde alguien del batallón repartió cartas de casa. La mía era de mi hermana; hablaba de manzanos florecidos y de la leche tibia. No podía comprender lo ajeno que sonaba, lo imposible que era imaginar un árbol en flor cuando todo olía a muerte y descomposición.
Al caer la tarde, en la trinchera apenas quedaba conversación. Apoyé la cabeza contra la pared terrosa, los ojos fijos en la bruma rojiza. A veces, entre sueños, escucho su voz, la de aquel francés, repitiendo aún el nombre de su madre. Y sé —aunque me cueste admitirlo— que hemos perdido mucho más que una batalla; algo esencial se ha extraviado para siempre en esos campos anegados, algo que no sabré nombrar, pero que arde silencioso, como la brasa de un cigarrillo apagado entre los dedos entumecidos.
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