Novela El calendario del amor
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Edición limitada de la novela Anatema.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
La grieta del silencio
Hay algo malo en casa
Portada del relato Ciudad de Nadie
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Fragmento:


En la habitación, un tipo gordo pasa la vida sentado. Suda como un cerdo y habla como si de verdad creyera en el perdón. Se llama Nick Cervantes, camello, soplón y ocasional confesor de almas podridas. “No fui yo”, dice, y sus manos tiemblan mientras busca la botella debajo de la cama. Le cuento sobre el senador, su hijo, la foto. Ahora su miedo es el mío y ambos olemos a cadáver.

Duración: 04:38

Ciudad de Nadie
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Una boca abierta sobre el asfalto negro. La luz de un neón morado borboteando en el charco. Era tarde, era temprano, era Los Ángeles y yo tenía las tripas llenas de veneno y el alma en los talones. Me llamo Mallory Creed y ya no distingo entre el miedo y el deseo de que alguien te reviente la cabeza de una vez por todas. Conduzco un Chevy Impala del 63 traqueteando bajo la garúa, el nombre de una mujer que no existe rodando entre los dientes, buscando un hotel barato donde cambiar sangre por silencio.

El despacho de uno de los senadores más sucios del distrito queda a tres calles. En la guantera, una foto, la de su hijo, los brazos agujereados, los ojos huecos, la necesidad ya convertida en lápida. Le hundo fuego al cigarro, lo dejo consumir hasta que me quema los dedos. Hay que hablar con el tipo que le pasó la merca, pero antes debo ajustar cuentas con el poli que me dejó plantado en la escena del crimen. Siempre es lo mismo: uno dispara y el otro silba. Los muertos nunca aprenden a guardar secretos.

Pico la puerta 17 del Diamond Motel con los nudillos azules. Me recibe Carmen, la recepcionista de ojos partidos y sonrisa plastificada. Huele a Channel barato y desesperación. Es buena con las preguntas que no hace y mejor aún con los favores que vende. “¿De nuevo a las andadas, Mallory?” pregunta. Le muestro el sobre manchado de sangre seca. No necesito respuestas, solo información. Quién salió, quién entró, quién camina en círculos alrededor de mi desgracia.

En la habitación, un tipo gordo pasa la vida sentado. Suda como un cerdo y habla como si de verdad creyera en el perdón. Se llama Nick Cervantes, camello, soplón y ocasional confesor de almas podridas. “No fui yo”, dice, y sus manos tiemblan mientras busca la botella debajo de la cama. Le cuento sobre el senador, su hijo, la foto. Ahora su miedo es el mío y ambos olemos a cadáver.

Fuera, la sirena de un coche patrulla llora su letanía. Los Angeles late en rojo mientras las putas recogen sus tacones y los predicadores afinan su sermón. Nick escupe la verdad: la droga venía de arriba, alguien grande, alguien que no teme ensuciarse. Nombres imposibles, direcciones falsas, la cadena que arrastra a todos al mismo fango.

Doy dos pasos y la habitación me parece más pequeña, como si las paredes quisieran tragarnos a ambos. “¿Quién?” lo presiono. Él me mira como buscan la redención los culpables: de reojo, sin nunca mirarte al fondo de los ojos. Se ahoga en su propio silencio, hasta que el pánico lo hace hablar. “Busca a la Dama de Plata,” musita. Olor a perfume caro y billetes recién planchados, la sibila de la trastienda de Hollywood.

La Dama de Plata no es un nombre, es una condena. Sé dónde buscar: un club privado en Melrose, luces bajas, camareros con puños de acero dentro de guantes blancos. Al llegar, las cortinas ocultan negocios y alaridos. Una mujer espera tras la barra; el cabello plateado, el vestido ceñido, los ojos sin fondo. Habla despacio, saborea palabras que matan. “Tienes el problema equivocado, Creed,” sopla entre el humo de su cigarro. “No busco respuestas, busco sobrevivientes.”

Le pongo la foto delante. No parpadea, no finge sorpresa. “Lo del hijo del senador fue un favor”, dice. “Mejor pregunta a quién le hizo un favor su padre”. Hay alguien más arriba, siempre lo hay. Detrás de los políticos, detrás de los narcos, detrás de mí. Me siento en la barra, la noche devora las horas y el miedo me calienta el pecho. La Dama me da un nombre: Vincent LaRue. Reputación de brujo, sonrisa de hiena. Quiere su parte en cada secreto, su pedazo de carne en cada crimen.

Consigo una dirección en Pasadena. La casa, un fortín, luces encendidas a medianoche. El viento arrastra los ecos de un piano. Puerta entreabierta, guardias distraídos por la tele y por la certeza de que nadie se atrevería a venir. Pero eso es lo que hago: llego cuando nadie espera, golpeo cuando nadie mira.

Dentro, Vincent LaRue juega ajedrez con un cliente invisible. Me mira y sonríe, no hay miedo, sólo cálculo. Le cuento del senador, de su hijo, de la Dama de Plata. Él ríe, una risa fría, suave. “No fue casualidad,” dice. “El chico quería morir.” Todo preparado, sólo necesita una mano que le empujara al abismo. Alguien pagó para que ocurriera. El senador, me cuenta LaRue, apostó a que la muerte del hijo limpiaría su nombre. “Nada lava mejor que la tragedia ajena”, sentencia. El amor propio hecho pólvora, la redención a balazos.

Salgo de esa casa con la respuesta tatuada, pero también con la certeza de que en esta ciudad, nada termina, sólo se pudre más lento. Llamo al senador desde una cabina en Sunset. No contesta. Doy el sobre con la foto a un periodista lo suficientemente hambriento y sucio para sobrevivir la noticia. Al fin, regreso al Chevy, las luces danzando en los charcos, el alma entumecida. Me rasco la barba y sonrío. Los pecados ruedan por el retrovisor y la ciudad de nadie vuelve a tragarme, despacio.

Novela El calendario del amor
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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La grieta del silencio
Hay algo malo en casa

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