Fragmento:
En un tiempo anterior a la curvatura de los astros y al encaje de las montañas bajo los ojos húmedos de la aurora, vivía en el confín un hombre llamado Belario, cuyos días se arrastraban entre nieblas y memorias, y cuyas noches, extendidas y sonoras, eran transitadas por fingidas criaturas cuyo tacto —incandescente y persistente— no correspondía al mundo de los mortales. Belario, a quien un antiguo juramento roto había hurtado el sueño y la fecundidad de la lengua, se refugió en la oscura espesura, donde la vida crecía arracimada y peligrosa, enroscada alrededor de promesas olvidadas.
Duración: 04:21
En un tiempo anterior a la curvatura de los astros y al encaje de las montañas bajo los ojos húmedos de la aurora, vivía en el confín un hombre llamado Belario, cuyos días se arrastraban entre nieblas y memorias, y cuyas noches, extendidas y sonoras, eran transitadas por fingidas criaturas cuyo tacto —incandescente y persistente— no correspondía al mundo de los mortales. Belario, a quien un antiguo juramento roto había hurtado el sueño y la fecundidad de la lengua, se refugió en la oscura espesura, donde la vida crecía arracimada y peligrosa, enroscada alrededor de promesas olvidadas.
Allí, entre las raíces cual prosternadas serpientes, crecía la hiedra palpitante —no vulgar, sino con hojas delgadas y cóncavas, con venas azuladas que pulsaban a cada paso—. Decían los lugareños que el que robaba una hoja de esa hiedra oía apenas rozarla el aliento de todos los fantasmas que cualquier amante había dejado tras de sí, porque aquel paraje había sido, en épocas borrosas, un santuario de cortejo y de traición.
Belario, en la repetición indolora de los días, empezó a percatarse de una presencia junto a él, un eco grave, sin origen preciso, que susurraba palabras incomprensibles en la lengua de los que nunca nacieron. Al principio creyó que era su propia culpa materializada: tatuada sobre la madera, la brisa y los insectos. Pero pronto —y tras una noche longeva en la que la luna se presentó al ras de la tierra, como un ojo abierto entre cáscaras de niebla—, vio surgir frente a sí la silueta de una mujer íntegramente envuelta en hiedra, su rostro apenas visible detrás de un velo de hojas alzadas.
Ella se presentaba como Eilone, la que recordaba cada promesa rota. Se decía hija de los primeros fuegos que lamieron la carne de los dioses y emisaria de la absolución o el castigo, pero sólo en el instante en que el mortal se atreviera a enfrentar el eco de quienes le amaron y le olvidaron. El pacto era simple y venenoso: Belario debía acompañarla hasta la grieta del contracanto —un claro donde todo lo que fue dicho entre amantes no volvía a decirse jamás— y, una vez ahí, enfrentarse a su propia sombra, animada por la memoria, el temor y el deseo compostado.
El trayecto se prolongó días que no eran días y noches tan densas que el aliento adquiría la textura del limo; les acompañaban animales ciegos atraídos por la fragancia de la hiedra, las huellas que crujían con la expectación de la traición, el constante reclamo de la carne privada del tacto. Eilone no hablaba —o hablaba sólo en la lengua de los que nunca nacen, dejando caer frases como lascas de niebla sobre la espalda de Belario— y, sin embargo, cada vez que él intentaba aferrarse al recuerdo de su primer juramento, notaba que las palabras se deshacían y la culpa se arracimaba más compacta, más cercana al placer.
Finalmente, en el umbral del claro, rodeados de una niebla que se pegaba al cuerpo y de un coro de voces indiferenciadas, Eilone se detuvo. "Aquí," murmuró, por vez primera en voz audible, "la verdad se ciñe a la piel como la humedad al hueso." Ante Belario se alzó su propia sombra, alargada, vasta y voraz, y de su costado brotaron figuras de todos los que le amaron —o amó—: cada boca en la carne de la sombra repetía un sí seguido de un no, una promesa seguida de una huida. Belario quiso huir, pero notó con indolencia placentera que la hiedra se trenzaba ya en torno a sus muñecas, ascendía por sus piernas, lo encerraba en una caricia que no admitía redención.
Entregándose, Belario comprendió que el mito no es castigo sino multiplicación: cada promesa olvidada, cada pasión no consumada retorna en las noches de los justos, en las camas frías y en las bocas selladas de los vivos que nunca tuvieron el coraje de enfrentar sus propios ecos. La hiedra lo cubrió mientras un sol nuevo nacía sobre la grieta, y la silueta de Eilone se disolvía entre vapores y sábanas degradadas, arrastrando consigo el eco de todos los juramentos callados.
Así se fue poblando el bosque de fantasmas palpables y de amantes sin nombre, de caricias que, aún cuando infernales, seguían pidiendo la piel y la confesión, y alguna noche, cuando el placer acabe en el corazón agrietado de los hombres, Eilone regresará, vestida con los residuos de la memoria, y la hiedra temblará pidiendo nuevas promesas, nuevos relatos con los que tejer la mitología de los que aman y caen en la sombra de sí mismos.
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