Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato El Susurro de la Casa de Piedra
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Fragmento:


La mansión la esperaba sin luces ni signos de vida. La verja chirrió cuando la empujó, y el sendero de guijarros se abrió bajo sus pasos, invadido por las malas hierbas. Había un silencio expectante, como si la misma tierra contuviera el aliento. Al poner la llave antigua en la cerradura, una ráfaga de aire azotó su nuca y algo en el vestíbulo pareciera moverse al compás de su llegada.

Duración: 05:22

El Susurro de la Casa de Piedra
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Cuando Martha Devlin recibió la carta, la lluvia caía a plomo sobre Dún Na Mara, golpeando el techo de zinc con la cadencia de un reloj impaciente. La carta, sin remitente, tenía una caligrafía anticuada, firmada sólo con las iniciales "S.C." No tenía amigos ni parientes con esas iniciales. Sin embargo, el mensaje era claro: “Vuelve a la casa antes del solsticio. Te están esperando.”

La casa en cuestión no era nueva para Martha, aunque lo hubiera preferido. Situada a las afueras de un bosque en ruinas, con vistas a la vejez sombría del mar, la Mansión Aherne había pertenecido a su familia durante generaciones. Hacía siete años que no pisaba esos suelos de madera carcomida, ni escuchaba el viento resonar entre sus chimeneas rotas. La última vez que estuvo allí, su hermano Marcus había desaparecido en mitad de la noche, llevándose consigo la explicación que nadie más fue capaz de encontrar.

Pero la carta, de alguna manera, imponía obediencia. Martha hizo la maleta y tomó el tren de noche, intentando no dormirse en el vagón vacío. Cuando llegó, el pueblo de Ardglass parecía aún más pequeño y ermitaño bajo el cielo nublado. Ella cruzó ante la taberna, cuyos parroquianos la miraron sin preguntar, sabiendo mejor que hacerlo.

La mansión la esperaba sin luces ni signos de vida. La verja chirrió cuando la empujó, y el sendero de guijarros se abrió bajo sus pasos, invadido por las malas hierbas. Había un silencio expectante, como si la misma tierra contuviera el aliento. Al poner la llave antigua en la cerradura, una ráfaga de aire azotó su nuca y algo en el vestíbulo pareciera moverse al compás de su llegada.

Dentro, el polvo reposaba sobre los muebles tapados con sábanas y cada paso de Martha reverberaba como si estuviera caminando sobre timbales lejanos. Las paredes rezumaban humedad. Subió las escaleras hacia su antigua habitación, donde la puerta se cerró sola detrás de ella, sin corriente aparente.

En el centro de la cama estaba el álbum familiar. No recordaba haberlo dejado allí. Lo abrió con temor, hojeando las páginas. Las fotografías antiguas mostraban a sus abuelos, su padre de niño, ella y Marcus casi irreconocibles, vestidos de domingo. Al llegar a la última página, encontró una foto que nunca había visto: Marcus, de pie en el balcón de la casa, de noche. A su lado, la sombra de una mujer, alargada e imprecisa, cuya mano se apoyaba casi cariñosamente sobre el hombro de su hermano. En el reverso, tres palabras apenas legibles: “Vuelve antes de…”

Un crujido llegó desde abajo. Martha sintió un escalofrío recorrerle la columna, pero bajó las escaleras, el corazón golpeándole el pecho. Llamó a la nada, a nadie. “¿Marcus?” El eco devoró la respuesta. La luz del vestíbulo titiló. De pronto, oyó pasos apresurados, como de un niño asustado, y la puerta de la biblioteca se cerró de golpe.

La biblioteca olía a hollín y libros no leídos. En el centro, encima de la mesita redonda, ardía una vela aunque ningún ser humano la hubiera encendido. Bajo la cera derretida, un viejo cuaderno abierto: las primeras palabras estaban escritas con tinta temblorosa. “Si lees esto, todavía es posible.” Martha hojeó las páginas; todos los días desde la desaparición de Marcus estaban documentados con una caligrafía que, pese a los años, reconoció como la de su hermano.

Pasos detrás de ella. Volteó y vio la silueta de una niña. No era ningún recuerdo, sino una presencia pálida, translúcida, que la observaba fijamente con una tristeza devastadora. Extendió una mano hacía Martha, señalando la puerta oculta detrás de la librería, aquella que Martha nunca había conseguido abrir de niña, a pesar de su obsesión infantil.

Obedeciendo un impulso ancestral, Martha presionó el adorno labrado; la estantería se deslizó con un susurro húmedo, y detrás se abrió el pasadizo a las entrañas de la casa. Al bajar, el aire se volvió gélido. La linterna temblorosa de su móvil solo alcanzaba para mostrarle escalones de piedra gastados y paredes cubiertas de musgo. Al llegar al fondo, encontró una habitación circular, de cuyo centro colgaba una lámpara de aceite aún encendida. En la pared, un espejo cubierto con un paño negro.

Martha se acercó, desvelando el espejo. Dentro, vio su reflejo –y tras ella, la figura de Marcus, demacrado y pálido, los ojos vidriosos. “Ayúdame”, susurró su reflejo, sin mover los labios. La niña apareció a su lado. “Prometiste no volver”, dijo está vez en voz audible, mientras el viento aullaba alrededor de los cimientos.

De pronto, la habitación giró, el espejo palpitó con una luz antinatural y Martha se vio arrastrada hacia dentro. Por un momento, estuvo suspendida entre el presente y el pasado: una vigilia interminable, como la noche en la que Marcus desapareció. Oyó todas las voces de la casa –las de sus antepasados, la de Marcus, la de la niña– repitiendo la misma palabra: “Vuelve”.

Quizá nunca debí regresar, pensó, mientras la casa de piedra la absorbía entre sus viejos susurros de mar, viento y secretos demorados. Y sobre la costa de Ardglass, nadie volvió a ver a Martha Devlin, aunque a veces, de madrugada, una figura femenina cruzaba las ventanas con la promesa callada de que, en la mansión, aún alguien esperaba.

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