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Portada del relato El Viaje del Agua Libre
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Fragmento:


Fue entonces cuando decidió salir al jardín descalza, sintiendo el barro fresco bajo los pies, la inhalación del aire húmedo y denso. El mundo parecía distinto bajo la lluvia, menos rígido, como si las fronteras y formas a su alrededor dijeran también: “puedes cambiar.” Caminó sin prisa, sabiendo que no tenía testigos excepto el mirlo que buscaba lombrices. Cerró los ojos y permitió que el agua mojara su cabello, corriera por su cuello y terminara en sus labios. Esa sencilla experiencia física le trajo de golpe, como una verdad, la radical diferencia entre estar vivo y sobrevivir.

Duración: 04:09

El Viaje del Agua Libre
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La lluvia caía persistente sobre el pequeño pueblo, filtrándose entre las grietas de las viejas casas y adornando de brillo las hojas de los árboles cansados. Laura, de pie junto a la ventana, observaba el lento desfile de gotas como si cada una arrastrara una antigua preocupación. Recordó su niñez, cuando la lluvia era excusa para dar saltos imposibles en charcos y terminar empapada en risas. Ahora, la lluvia era más bien una pausa, una invitación a mirar hacia dentro.

Ese día se sentía especialmente cansada, tal vez por el constante esfuerzo de sostener todo y a todos, como si la vida entera dependiera de sus hombros. Miró sus manos y acarició la fría taza de té, preguntándose en qué momento habían cambiado tanto, cuándo habían empezado a mostrar heridas invisibles. La pregunta la sorprendió, era como una visita inesperada, pues siempre había preferido la acción y evitado los silencios prolongados que obligan a escuchar la voz interna.

Fue entonces cuando decidió salir al jardín descalza, sintiendo el barro fresco bajo los pies, la inhalación del aire húmedo y denso. El mundo parecía distinto bajo la lluvia, menos rígido, como si las fronteras y formas a su alrededor dijeran también: “puedes cambiar.” Caminó sin prisa, sabiendo que no tenía testigos excepto el mirlo que buscaba lombrices. Cerró los ojos y permitió que el agua mojara su cabello, corriera por su cuello y terminara en sus labios. Esa sencilla experiencia física le trajo de golpe, como una verdad, la radical diferencia entre estar vivo y sobrevivir.

Durante años, había encajonado sus emociones; la rabia disfrazada de eficiencia, la tristeza maquillada de optimismo fácil, la ternura reservada solo para otros. Recordó las palabras de su abuela: “La mejor semilla es la que se entierra en tierra removida.” En ese instante supo que su vida necesitaba removerse, sacudida por la lluvia, abonarse de nuevas preguntas.

Esa tarde, al regresar a la casa, se sentó con un cuaderno y comenzó a escribir. No era una lista de tareas ni de metas, sino una carta para sí misma. Sin juicios, sin censura. Dejó que las palabras se derramaran como el agua: miedos, pequeños sueños olvidados, reconciliaciones pendientes. Se permitió llorar, reírse, incomodarse. Descubrió que dentro de sí cabía más amplitud, ternura y poder de lo que había imaginado.

Días después buscó a su amiga Clara, con quien hacía años no hablaba, por una discusión sin sentido que había dejado crecer como mala hierba. Al encontrarse, reconoció en los ojos de Clara sus propias heridas, la mutua necesidad de compasión. No intentaron resolver todo en una tarde; aprendieron el valor de los espacios seguros, la generosidad de escucharse sin interrumpir y la humildad de decir: “me equivoqué, ¿podemos volver a empezar?”

El tiempo fue fluyendo, los brotes verdes del jardín anunciaban otro ciclo. Laura entendió que la vida no era una competencia de auto-mejoras ni una carrera por emular modelos externos. Significaba, más bien, atreverse a ensuciarse con el barro de la propia historia, danzar bajo la lluvia de las emociones, crear vínculos sinceros, y nutrir la esperanza como quien cuida una plantita en maceta: con constancia, paciencia e infinita curiosidad.

A veces, el eco de la vieja ansiedad regresaba. Pero ya no huía ni se cubría con máscaras de certidumbre. Transitaba esos momentos con respiraciones lentas, preguntándose honestamente: “¿Qué necesito hoy? ¿A quién me gustaría abrazar? ¿Desde qué lugar quiero mirarme?” Así, en pequeños pasos, Laura fue reconstruyendo la confianza en sí misma, despertando la creatividad dormida y aprendiendo a celebrar sus logros cotidianos, por diminutos que fueran.

Un año después, bajo el mismo techo de tejas mojadas, Laura abrió la ventana y recibió de la lluvia su reconocimiento silencioso. Entendió que, al igual que el agua, era capaz de transformarse, de encontrar su cauce, de rebrotar después de toda sequía. Afuera el mirlo cantaba, y ella, por primera vez en mucho tiempo, supo —de corazón—, que estaba en casa consigo misma.

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