Fragmento:
El cuerpo yacía semidesnudo, tendido de costado con una mano tratando de alcanzar la claridad fangosa que trepaba por sus dedos sin dejar huella. Stokes era un hombre con coraje de acero pero poca paciencia por la estupidez ajena, así que barrió el entorno con la mirada, midiendo detalles como un cirujano en el instante previo a la incisión. Confirmó la presencia de la forense, Libby Harris. Ella se agachaba junto a la víctima bajo la protección inútil de un paraguas roto y la gabardina manchada. Había en su rostro algo endurecido, casi una mueca: conocía a la joven muerta.
Duración: 05:52
El inspector Jeremy Stokes se detuvo justo en el límite donde el asfalto cedía a la hierba alta, salpicada aún de rocío venenoso a pesar de que eran casi las nueve. El sol no era más que una pálida promesa tras la neblina, y el hedor de la marisma llegaba hasta sus dientes. Frente a él, la cinta policial recorría entre postes y sombras prohibiendo el paso, vigilada inútilmente por dos patrulleros novatos que le hicieron un saludo precipitado al verle, inquietos, como si la muerte pudiera contagiarse con la sola proximidad del escenario.
El cuerpo yacía semidesnudo, tendido de costado con una mano tratando de alcanzar la claridad fangosa que trepaba por sus dedos sin dejar huella. Stokes era un hombre con coraje de acero pero poca paciencia por la estupidez ajena, así que barrió el entorno con la mirada, midiendo detalles como un cirujano en el instante previo a la incisión. Confirmó la presencia de la forense, Libby Harris. Ella se agachaba junto a la víctima bajo la protección inútil de un paraguas roto y la gabardina manchada. Había en su rostro algo endurecido, casi una mueca: conocía a la joven muerta.
—¿Nombre? —preguntó Stokes, obviando los formalismos.
Libby se tomó medio segundo de respiro antes de responder, el tiempo en que el viento agitó el cabello suelto de la víctima y unos pájaros, posados en el alambre, salieron volando al unísono.
—Rebecca Fenwick —contestó Libby—. Era enfermera en el hospital del distrito.
El inspector asintió. El caso adquiría una dimensión inquietante: Rebecca Fenwick había sido testigo principal en una investigación reciente sobre tráfico ilegal de órganos, caso que, oficialmente, estaba cerrado… aunque Stokes sabía que la mugre siempre volvía a surgir, tarde o temprano.
Se acuclilló junto al cadáver: no había sangre visible salvo un rastro viscoso en la comisura de los labios. La piel de Rebecca era casi transparente bajo la luz gris lechosa, y las uñas de sus pies estaban manchadas de fango, como si hubiera corrido, o escapado. El móvil no estaba; tampoco el bolso. Sin embargo, nadie roba cuando el verdadero botín es el silencio. Stokes olió la trampa desde el primer minuto.
El rastro de huellas era un damero confuso en la tierra húmeda, pero la doctora Harris le mostró un pequeño envoltorio arrugado, hallado entre las cañas: una cajetilla de cigarrillos, marca menos que habitual por esos lares —importada de Europa del Este, con el sello roto y dos colillas frescas en su interior—. No era de Rebecca: ella no fumaba, lo atestiguan hasta los pulmones, pensó Stokes, mirando de reojo la caja.
—¿Analgésicos? —aventuró, recordando la sensación viscosa.
Libby negó con la cabeza: —Demasiado rápido. Y la marca en la base del cráneo… Alguien la durmió y luego la sumergió.
Su móvil vibró. Un mensaje —Sótano. Calle Delmore—. No había remitente. Dejó el lugar bajo la promesa de Libby de llamar si surgían novedades y se adentró hacia el centro, donde los edificios ensamblaban retales de ladrillo y mugre, y el agua de la marisma aún susurraba promesas en los oídos de los borrachos madrugadores.
El sótano de la Calle Delmore era un cuchitril alumbrado por una luz oscilante. Allí esperaba un hombre de complexión robusta, bigote de mercenario y ojos demasiado pequeños para su cara. Le esperaba de espaldas pero la sombra de la culpa era opaca detrás de su postura cansada.
—No tiene sentido, inspector —susurró—. El hospital necesitaba tapar algo. Rebecca sabía. Y yo también, pero yo ya no importo.
Stokes acercó el rostro, sintiendo el pulso martilleándole la sien: la voz del confidente tenía el temblor de los relámpagos a punto de caer, y a la vez, una calma resignada.
—¿Tapar qué, Frank? ¿Quién mueve los hilos?
El hombre, Frank Ulman, dio un paso atrás y extendió una carpeta repleta de informes médicos. Nombres subrayados, firmados por Fenwick, todos vecinos recientes fallecidos por “complicaciones repentinas”. Medicamentos cambiados a última hora, transfusiones con sangre sin certificar. Y el nombre de uno, Thomas Hurley, destacado con un círculo rojo. La carpeta tenía también una foto de tres hombres en batas blancas, sonriendo.
—Thomas Hurley estaba vivo la última vez que Rebecca entró en turno esa noche —musitó Frank—. Cuando volvió, su cama estaba vacía, y ella no volvió a hablar en voz alta desde entonces.
La historia crecía en las sombras; atarichada, podrida, mezclando poder, dinero y miedo. Stokes sentía la maraña de corrupción bajo cada esquina, y la certeza de que estaba a un error de sumergirse él mismo en el fango.
Un disparo desgarró el silencio, astillando una botella en la barra. Frank Ulman se desplomó a los pies de Stokes, la frente hendida por el disparo furtivo de alguien oculto fuera del haz de la bombilla. Afuera, el rugido de un motor. El inspector corrió, piernas de plomo y aliento de noche, pero el coche ya era una mancha oscura tragada por la niebla.
Regresó al hospital, sus zapatos manchados de agua y sangre, la carpeta contra el pecho. Libby, la forense, le miró con ojos en carne viva.
—Hay un vacío en la morgue —le dijo en voz apenas audible—. Han sustraído la muestra de sangre de Rebecca.
El terror tenía ahora rostro y expediente. Alguien desde dentro, alguien con bata limpia y manos ocultas, se había asegurado de que la verdad jamás emergiera. Stokes sintió el frío prensarle los huesos. Todo estaba conectado, una red de silencios y cadáveres, en la marisma y en los pasillos relucientes. El inspector comprendió entonces que la única manera de sobrevivir dentro de esa niebla sería arriesgándolo todo y, sobre todo, no confiar nunca en las luces encendidas demasiado temprano. Porque en el reino podrido de las apariencias, era en la oscuridad donde se escondía, intacta, la semilla de todas las verdades.
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