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Portada del relato El Vino de los Recuerdos Olvidados
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Fragmento:


Ella le miró durante un tiempo que no se podía contar con relojes y después se acercó a ofrecerle vino. El extranjero olió la copa y sonrió con la dentadura de quien ha comido muchas cosas que no son manjares.

Duración: 04:09

El Vino de los Recuerdos Olvidados
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Había ciudades enterradas bajo las uñas del mundo, y había dioses demasiado viejos para recordar sus propios nombres, pero nadie olvidaba la taberna donde, a ciertas horas en ciertas noches, hombres y mujeres de cualquier ciudad podían pasar la puerta y encontrarse con todo aquello que creían perdido, o prohibido, o imposible. Ella llevaba siglos esperando cada noche detrás del mostrador, sus tres ojos rasgados brillando con la tenue luz de las lámparas de aceite y su boca, capaz de contar historias en la lengua de los muertos, murmurando canciones de bienvenida.

Los dioses antiguos pasaban allí, disfrazados: uno como marinero desdentado, otro como muchacha con una luna tatuada en la clavícula, otra, la Muda, que reía y lloraba por los ojos de los demás. Pero aquella noche nadie prestó atención al extranjero que entraba con paso de gigante enfermo, arrastrando tras de sí el eco de una lluvia que ya no mojaba este mundo. Se sentó en una mesa oscura y desplegó sobre el mantel una túnica de piel humana, en cuyo costado pululaban, minúsculos y chillones, nombres que nunca debían ser pronunciados.

Ella le miró durante un tiempo que no se podía contar con relojes y después se acercó a ofrecerle vino. El extranjero olió la copa y sonrió con la dentadura de quien ha comido muchas cosas que no son manjares.

—Busco a mi esposa —dijo, y cada palabra hacía vibrar el aire como si hubiera moscas invisibles condicionando el ambiente.

En aquel lugar nadie hacía preguntas, pero los clientes, uno a uno, dejaron de hablar. Sabían, sólo por el olor de la voz del forastero, que no era humano, ni tampoco del todo monstruo. Más allá del umbral afuera caía una neblina que no permitía saber si era primavera o invierno, y dentro, la noche se hizo un poco más antigua.

La tabernera asintió, como quien ya conoce todas las respuestas, y llenó de nuevo la copa.

—Aquí llegan muchos buscando a quien han perdido —dijo, limpiando una mancha en la barra que no se quitaba desde hacía siglos—. Pero tienes que dejar algo a cambio. Aquí compramos con recuerdos.

El extranjero sacó de debajo de la túnica un pequeño saco, y fue dejando sobre la madera cosas que nunca deberían haber existido:

Un anillo con sangre fresca;

un diente de leche de una criatura que nunca nacerá;

una pestaña arrancada en la noche sin luna.

La tabernera los miró, uno a uno, y le devolvió la copa.

—No quiero tus objetos. Dame un recuerdo.

El gigante cerró los ojos. Recordó a su esposa, la que había sido esculpida en basalto y le daba cada noche la espalda. Recordó las palabras que pronunciaron en silencio, los pactos sellados bajo la mirada cruel de los años. Recordó cómo la primera vez que pronunció su nombre ella sangró lágrimas de oro por los ojos vacíos. Recordó, en fin, el sabor agrio del amor antiguo.

Fue dejando esos recuerdos, uno tras otro: en el aliento que empañaba la copa; en el polvo que danzaba en la penumbra; en el pedazo de carne de su lengua que cortó y ofreció, silencioso y brutal, sobre la barra.

Ella lo aceptó y supe que había visto ya muchas veces este trueque. Volvió la espalda para buscar en la bodega y cuando regresó traía consigo un frasco pequeño, sellado con cera azul.

—Bébelo —ordenó.

El extranjero bebió, y por un momento fue todos los hombres y todas las bestias que amaron más allá de toda esperanza. Lloró con la lluvia que no cae, rió como el mar cuando arranca ciudades de la costa. En su lengua danzaba el nombre que había perdido, y en el fondo de sus ojos comenzaron a brotar flores extrañas.

La noche se estiró, temblorosa. El tabernero, anciano detrás de la máscara, miró cómo el extranjero salía, más ligero, dejando tras de sí una sombra menos, un paso menos firme.

La tabernera guardó el frasco vacío y lo colocó junto a tantos otros. Hay muchas formas de pagar en aquel lugar, pero la más preciada es siempre el recuerdo de aquello que amamos, o temimos demasiado.

Así fue como el titán abandonó la taberna, la esposa de piedra comenzó a soñar con mares, y el vino de los recuerdos siguió vertiéndose, inagotable, para los que aún buscan lo que han perdido en las grutas profundas de la noche.

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