Fragmento:
Un jueves, al regresar de la compra, se sorprendió al notar el leve aroma de tabaco en las escaleras. Robert dejó de fumar hace años, se recordó, subiendo más deprisa. La puerta entreabierta fue el primer golpe al estómago. El segundo, la figura encorvada en el recibidor, revolviendo los primeros cajones del escritorio, de espaldas. Lydia miró en silencio. La figura no se volvió. Un abrigo empapado goteaba sobre el suelo.
Duración: 05:46
El gato maullaba contra los cristales, pero Lydia apenas lo notó. Estaba demasiado absorta limpiando las manchas secas del candelabro de bronce. El sonido lejano de los violines del apartamento vecino parecía acentuar el silencio que reinaba en su salón. Afuera, la lluvia dibujaba surcos en las ventanas, y cada relámpago iluminaba brevemente las huellas de humedad en la pared opuesta. Lydia miró el reloj: once y media. No podía dormir. Llevaba días sin dormir bien.
Había comenzado el lunes, cuando encontró la carta antigua entre los libros de la biblioteca de su marido. Palabras en francés, una fecha: 1948. No lograba descifrar la firma, pero distinguía un tono de súplica en las líneas desvaídas. Al principio pensó devolvérsela a Robert, sin leerla; la correspondencia era suya, no le incumbía. Pero algo la había inquietado. El perfume ajeno, aún perceptible, la tachadura furiosa en el párrafo central. La carta parecía hablarle directamente: 'No me dejes aquí, te suplico. Sucedió lo que temíamos.'
Desde entonces, Lydia se movía por la casa con el peso invisible de una intrusa. En las madrugadas, cuando Robert dormía profundamente, abría la pequeña caja de caoba donde guardaba la carta y repasaba el trazo nervioso de la pluma. Se preguntaba una y otra vez: ¿qué era lo que temían? ¿Por qué Robert nunca le habló de esa mujer?
Un jueves, al regresar de la compra, se sorprendió al notar el leve aroma de tabaco en las escaleras. Robert dejó de fumar hace años, se recordó, subiendo más deprisa. La puerta entreabierta fue el primer golpe al estómago. El segundo, la figura encorvada en el recibidor, revolviendo los primeros cajones del escritorio, de espaldas. Lydia miró en silencio. La figura no se volvió. Un abrigo empapado goteaba sobre el suelo.
No tuvo miedo, sino curiosidad. Dio un paso adelante y una tabla crujió bajo su pie. El extraño (¿o extraña?) se irguió de súbito. El rostro estaba oculto por la media luz, y la gabardina mojada llevaba manchas de tierra. Lydia sintió que la atmósfera se espesaba, como si faltara el aire.
—¿A quién busca? —preguntó, intentando mantener la voz firme.
La figura titubeó y, por un instante, Lydia creyó reconocer en ella a alguien visto en sueños, el vago perfil de los retratos familiares en el pasillo, la mirada fugaz de un desconocido observando desde el parque. Finalmente, una voz rasgada respondió:
—No recuerdo el número... es aquí, ¿verdad?
Pero Lydia no respondió. Interiormente, una sospecha vibraba: algo más sucedía en su propia casa. Dio un paso atrás, casi a punto de huir, cuando por encima del hombro del extraño vio, sobre la repisa, la caja de caoba, abierta. Supo, antes incluso de comprobarlo, que la carta antigua había desaparecido.
El incómodo visitante se giró, dejando ver una cicatriz irregular sobre el pómulo, y la contempló con extrañeza. Abrió la boca para decir algo más, pero se interrumpió al escuchar un ruido afuera, pasos subiendo la escalera. La figura retrocedió hasta la puerta y se escurrió al rellano, perdiéndose en las sombras apenas Lydia reaccionó.
Todo esto ocurrió en menos de un minuto. Cuando Robert entró, jadeante, con una botella de vino en la mano y el abrigo empapado, encontró a Lydia inmóvil, sosteniendo aún la bayeta húmeda. Su insistencia al preguntarle qué sucedía no sacó más que monosílabos. Lydia no lograba ordenar sus pensamientos. Se fue a la cama, atenta a cada crujido del parquet, preguntándose si la carta y el extraño no serían una invención de su mente extenuada.
Pero a la mañana siguiente, el correo trajo una postal sin texto, sólo un dibujo de un jardín cubierto de escarcha. Nadie enviaba postales desde hacía años. Lydia volvió la imagen y percibió, en una esquina recortada, la esquina desprendida de la carta robada.
Quiso llamar a la policía, a su hermana, a cualquier persona que pudiera ayudarla a comprender el enigma pero algo la detuvo. Recordó la fecha de la carta: 1948. Robert no podía tener recuerdos tan antiguos, habría sido sólo un niño. Esa noche, indagó en la biblioteca y encontró, detrás de los tomos polvorientos, un diario con tapas verdes. Lo abrió con manos heladas y halló el nombre de una mujer, Geneviève Rousseau, repetido página tras página, como una invocación.
El diario narraba visitas nocturnas, cartas interceptadas, una acusación de traición, una confesión velada sobre un hecho irreparable. Había páginas arrancadas y una nota final: 'Si alguna vez esta historia sale a la luz, sabrás lo que hice por miedo, no por odio. Perdóname.' La caligrafía era de Robert, pero distinta, más joven.
Al bajar por un vaso de agua escuchó, tras la puerta, el maullido persistente del gato callejero. Bajó a abrir, y lo encontró en el umbral, empapado y tembloroso. Llevaba una cinta azul, y en la cinta, prendida con un alfiler, otro fragmento de la carta: "...si no me vuelves a ver, sabrás dónde buscarme. Bajo la escarcha."
Lydia miró hacia el parque, cuya hierba centelleaba bajo la escarcha temprana. Comprendió que había pistas antiguas en la casa, que el misterio no era sólo de Robert, sino de la propia historia que compartían. Las cartas, las visitas, la sombra que cruzaba de madrugada el comedor no eran apariciones, sino capítulos de un drama inacabado.
Sabía, con sobrecogimiento, que esa noche no dormiría de nuevo. Porque en algún rincón frío de la ciudad, esperaba aún la última parte de la carta y, con ella, la llave que abriría todos los secretos inscritos, noche a noche, en las paredes de su casa.
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