Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Powerless (edición especial limitada)
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Portada del relato Huellas Sobre la Nieve Silenciosa
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Fragmento:


Mis dedos, cubiertos de escarcha, tanteaban el abrigo demasiado delgado para un frío tan ancestral. La fila avanzaba. A mi lado, un hombre rubio, antes fornido, tosía con tal violencia que pensé que sus costillas acabarían por quebrarse. Pero entonces, en un gesto que casi pasa inadvertido, él me miró y murmuró: “Morgen ist Sonntag, nicht wahr?” —mañana es domingo, ¿verdad? Había en su pregunta una especie de nostalgia crónica, como si el día fuera una contraseña secreta al otro lado de nuestro encierro. Sonreí, con los labios partidos, como regalo.

Duración: 05:48

Huellas Sobre la Nieve Silenciosa
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El invierno de 1944 nunca fue solo una estación. Era una especie de presencia, un interlocutor áspero, un testigo inmutable en los días más largos y las noches más breves de mi vida. Yo, el hombre que alguna vez creyó que la mente humana podía ser explorada como un mapa, me descubrí cartografiando territorios que nunca se muestran en los atlas ni se estudian en las universidades. Cada mañana, cuando el humo de los hornos se posaba sobre el campo como un sudario, recordaba los veranos de infancia en Viena: los sonidos del tranvía, el aroma de pan recién salido del horno, el murmullo de mi madre al cerrar la ventana contra la brisa nocturna, como si pudiera protegerme de todos los males por venir.

Mis dedos, cubiertos de escarcha, tanteaban el abrigo demasiado delgado para un frío tan ancestral. La fila avanzaba. A mi lado, un hombre rubio, antes fornido, tosía con tal violencia que pensé que sus costillas acabarían por quebrarse. Pero entonces, en un gesto que casi pasa inadvertido, él me miró y murmuró: “Morgen ist Sonntag, nicht wahr?” —mañana es domingo, ¿verdad? Había en su pregunta una especie de nostalgia crónica, como si el día fuera una contraseña secreta al otro lado de nuestro encierro. Sonreí, con los labios partidos, como regalo.

En aquel infierno, la mente comenzaba a funcionar con una precisión cruel. El sentido, el porqué de seguir respirando, era una antorcha diminuta temblando en la oscuridad. Me aferraba, cada día, a mi esposa Tilly. Su rostro, a veces nítido como la porcelana, a veces difuminado por la neblina del agotamiento y el hambre, visitaba mis sueños y mis horas de vigilia. No era una ilusión, era una certeza interior: sostener su imagen era abrigar el alma. Los hombres a mi alrededor, cuando ya no podían recordar un poema, una conversación, una caricia, caían más rápido bajo el peso de la desesperanza.

Una noche, después de horas transportando piedras, cuando el supervisor giró la espalda, encontré sobre la tierra una pluma de ave, blanca y corta, una rareza entre tanto lodo y ceniza. La guardé como un náufrago rescata una baratija en medio del naufragio. Aquella pluma era prueba de que el universo no siempre era un campo de castigo: a veces, también era capaz de ofrecer un guiño amable. Me acerqué a Stein, el cocinero venido menos, y se la mostré. Él la aceptó como si yo le hubiera ofrecido un diamante, y juntos reímos en silencio, porque reír en voz alta era peligroso, pero la risa interna es invencible.

En mi cuaderno mental, empecé a escribir una carta imaginaria para Tilly. Le describía el alba, el crujido del hielo bajo las botas, el sabor del pan viejo que partíamos entre cinco, y los breves momentos en que pensaba que, aun allí, éramos todos seres humanos. Le confesaba que la noche, aunque monstruosa, también me permitía robarle unos minutos para sentir esperanza. Le contaba de una joven que, antes de marchar al trabajo forzado, dibujaba con la uña sobre una piedra su inicial y la de su amado: dos letras torpes tatuadas al borde del barracón, testamento sencillo de la voluntad de amar pese a todo.

Así, cada jornada se convertía en un retablo de pequeñas victorias. El anciano que compartió conmigo medio cigarrillo, la niña que rescató una mariposa en la alambrada y la liberó en secreto, como si aún esperara un milagro. Si mi tarea como psiquiatra había sido, hasta entonces, la de escuchar y comprender, ahora mi lección era más humilde: aprender a observar en cada gesto diminuto el resplandor de todo lo que hace soportable la existencia.

Cierta mañana, uno de los kapos, un hombre taciturno que raramente sonreía, me señaló y murmuró en voz baja: “Du bist heute dran” —hoy te toca. Por un instante, pensé en la selección, mi cuerpo se tensó, pero comprendí que se refería a recoger la porción extra de sopa de repollo que rara vez sobraba. Tomé mi ración y me obligué a degustarla lentamente, no por hambre, sino por respeto al milagro de estar vivo otro día. En ese instante, recordé a mis pacientes en Viena que se preguntaban por el sentido de la vida. Allí, en ese recipiente mugriento, encontré mi respuesta: cada día tiene sentido en cuanto tenemos alguien, algo, por quien luchar, un futuro aunque sea hecho de la mera esperanza.

Por las noches contaba historias a quienes aún querían escucharlas. Recitaba, de memoria, versos de Rilke y Goethe, los adornaba con escenas inventadas de mi infancia y, a veces, con relatos de mi propio sufrimiento transformado en fábula. Descubrí que compartir la pena la diluía, y la esperanza, cuando compartida, germinaba más fuerte en los corazones de todos.

Con el tiempo, aprendí a leer los matices de la soledad en los rostros. Cada mirada podía volverse una pregunta silenciosa, una interrogación hacia el sentido perdido. Respondía con un apretón de mano, un trozo de pan cuando podía, un guiño, un fragmento de la carta nunca materializada para Tilly. Había en nosotros una melodía secreta, una partitura apenas audible que sobrevivía a la discordia del mundo exterior.

El invierno terminó. No trajo consigo la redención inmediata, pero sí la demostración absoluta de que la libertad última del hombre reside en la elección de su actitud ante las circunstancias. Yo, que había caminado entre sombras, supe entonces que aquellos que encontraron un sentido aunque fuera en el sufrimiento, estaban mejor preparados para resistirlo.

Nunca regresé a esa versión de mí mismo. Salí de allí transformado; el hombre que pisa la nieve no olvida el frío, pero aprende a escuchar el susurro que narra historias de esperanza: la mía, la de Tilly, la de todos los que, incluso en el abismo, buscaron y encontraron un para qué vivir.

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